La Gripe Española
La pandemia de 1918, que curiosamente no comenzó en España, mató entre 1918 y 1920 a más de 40 millones de personas en todo el mundo. Se desconoce la cifra exacta de muertos que dejó la pandemia que es considerada la más devastadora de la historia. Un siglo después aún no se sabe con plena certeza cuál fue el origen de esta enfermedad que no entendía de fronteras ni de clases sociales.
Algunos investigadores afirman que empezó en Francia en 1916, o en China en 1917, otros estudios sitúan los primeros casos en la base militar de Fort Riley (EE.UU.) el 4 de marzo de 1918. Ese día un soldado se presentó en la enfermería del fuerte, situado en el estado de Kansas, aquejado de fiebre. En las próximos semanas cientos de reclutas cayeron enfermos con síntomas similares. En abril, el contingente estadounidense que desembarcó en Europa estaría portando, sin tener conocimiento, el mortal virus consigo.
Tras registrarse los primeros casos en Europa la gripe pasó a España. Debido a que el país ibérico era neutral en la Primera Guerra Mundial su prensa no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, a diferencia de los otros países centrados en el conflicto bélico. Ser el único país que se hizo eco del problema provocó que la epidemia se conociese como la Gripe Española. A pesar de no ser el epicentro, España de todas maneras fue uno de los países más afectados con cerca 8 millones de personas infectadas y 300.000 personas fallecidas.
La vida en suspenso
La vida quedó en suspenso. En Boston, el gobierno cerró las escuelas públicas, los bares y otros espacios públicos. Los policías de Chicago tenían órdenes de detener a todo aquél que estornudara o tosiera en público.
Como se mencionó, en la época los periódicos europeos sufrían una fuerte censura, debido a la guerra, lo cual limitó el acceso a la información por parte de la ciudadanía respecto a esta nueva influenza. A ello hay que añadirle la ingente escasez de recursos para combatirla, ya que prácticamente toda la economía de los países beligerante se encontraba enfocada en la producción de armas. El foco letal del virus quedó sin investigar. Gracias a nuevos estudios ahora se sabe que fue causado por un brote de influenza virus A, del subtipo H1N1.
A diferencia de otros virus que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de las víctimas de esta nueva gripe fueron jóvenes y adultos saludables de entre 20 y 40 años, una franja de edad que probablemente no estuvo expuesta al virus durante su niñez y no contaba con inmunidad natural. A ello se suma la posible malnutrición de un importante grupo de la población, específicamente la europea, debido al racionamiento de los alimentos durante la guerra.
Los síntomas característicos de esta enfermedad eran fiebre elevada, dolor de oídos, cansancio corporal, diarreas y vómitos ocasionales. La mayoría de las personas que fallecieron durante la pandemia sucumbieron a una neumonía bacteriana secundaria, ya que no había antibióticos disponibles. Sin embargo, un grupo murió rápidamente después de la aparición de los primeros síntomas, a menudo con hemorragia pulmonar aguda masiva o con edema pulmonar, y con frecuencia en menos de cinco días.
En los cientos de autopsias realizadas en el año 1918 los hallazgos patológicos primarios se limitaban al árbol respiratorio por lo que los resultados se centraban en la insuficiencia respiratoria, sin evidenciar la circulación de un virus.
Al no haber protocolos sanitarios que seguir los pacientes se agolpaban en espacios reducidos y sin ventilación, mientras que los cuerpos se amontonaban en las morgues y los cementerios. Por aquel entonces se haría popular la máscara de tela y gasa con las que la población se sentía más tranquila, aunque fueran del todo inútiles.
Un impacto Global
La pandemia afectó a prácticamente todos los países del mundo. Por dar un ejemplo, en la India, por aquel entonces protectorado británico, las víctimas mortales alcanzaron entre 12 y 17 millones. En Gran Bretaña murieron 228.000 personas. En Estados Unidos fueron aproximadamente medio millón. Incluso en la apartada Alaska se encontraron evidencias de la devastación que causó la influenza. En Brevig Mission, una localidad de Alaska, el 90 por ciento de la población local habría muerto por el virus. En la apartada isla de Samoa, en el Pacífico sur, falleció el 23,6% de la población. La tasa global de mortalidad se podría situar entre el 10 y el 20 por ciento de los infectados.
En las atiborradas trincheras y campamentos de la primera guerra mundial el virus encontró el hábitat ideal para expandir la enfermedad. La infección iba desplazándose de los soldados a la población civil. De septiembre a diciembre de 1918 constituye el período más intenso, con el mayor número de víctimas mortales. Las funerarias y los enterradores no daban abasto. Buena parte de los fallecidos acabaron en fosas comunes.
En 1919, concluida ya la guerra, comenzó la tercera y última fase. Esta no fue tan mortífera como la anterior, ya que por entonces la pandemia ya había perdido mucha fuerza.
En el verano de 1920 el virus desapareció tal y como había llegado.
Lecciones olvidadas y vueltas a recordar durante pandemia Covid-19
No encontraremos monumentos conmemorativos de la gripe española. En parte porque fue eclipsada por la tragedia de la guerra mundial y por la censura imperante en la época. Pocos países se tomaron el tiempo de destacar el sacrificio de médicos y enfermeras que dieron hasta sus vidas por combatir la enfermedad.
La pandemia de Covid-19 ha traído de regreso a la memoria muchas de las lecciones aprendidas de la gripe española. La influenza que ocurrió entre 1918-1920 tuvo tres olas, siendo la segunda de estas la más mortífera. Algo muy similar ocurrió con el Covid-19, el cual tuvo una fuertísima segunda ola. Las mediadas adoptadas en 1918 son similares a las impuestas en 2020. En Francia, por dar un ejemplo, se prohibieron algunas aglomeraciones y se cerraron ciertos espacios públicos. En los Estados Unidos en varias zonas del país se cerraron escuelas, iglesias y restaurantes. De todas maneras, las medidas contra la gripe española no fueron tan severas como las adoptadas a nivel global durante el coronavirus de 2019.
En las ciudades y estados (especialmente en Estados Unidos) que implementaron regulaciones para el uso de las mascarillas, prohibieron grandes aglomeraciones y cerraron colegios, les fue mejor que a las que no lo hicieron durante la gripe española. Algo similar ocurrió en 2020, donde la mortalidad fue significativamente menor en los países que adoptaron rápidamente medidas de distanciamiento, uso de máscaras y lavado de las manos, como en Corea del Sur y Vietnam.
Al igual que otros virus, el de la gripe cambia constantemente. Esta mutación o variación antigénica suele ocasionar sólo cambios menores; por lo tanto, las compañías farmacéuticas logran contrarrestar la cepa de cada año con la vacuna adecuada. Sin embargo, según indican los registros históricos, cada 10 a 40 años el mundo sufre una pandemia de gripe que resulta de una variación antigénica mayor. El virus atraviesa una mutación tan drástica que el cuerpo humano ya no lo reconoce y se torna indefenso. La epidemia resultante se propaga antes de que los científicos puedan aislar el virus, para luego producir y distribuir una vacuna.
Los grandes avances tanto en ciencia como en tecnología desde la época de la gripe española hicieron que la lucha contra el nuevo virus fuera más exitosa. A nivel global, la humanidad contó con mejores habilidades científicas y experiencia, tecnología, recursos y métodos para compartir información.
Y es sobre todo el acceso a la información lo que ha hecho que los países hayan podido adoptar las medidas necesarias para contrarrestar la enfermedad. A diferencia de lo ocurrido en 1918, como por dar un ejemplo en lugares como Filadelfia las autoridades oficiales se negaron a prevenir la necesidad de la distancia social, en la pandemia de Covid-19 el público tuvo pleno acceso a la información correcta sobre la pandemia. A pesar de la propagación de las noticias falsas divulgadas, las cuales se caracterizaron por contenidos de posicionamiento político, la ciudadanía en general tuvo a su disposición información veraz y adecuada para prevenir el contagio del virus, mientras a velocidad récord se pudo disponer de una vacuna.
Con información de Gaceta Médica.