Relatos desde la Isla - Primera Parte
La noche tendió su manto negro sobre la isla y la devoró. la oscuridad fue total y permitió que se vieran en el firmamento azul una lluvia de estrellas, hacía años que no veía un cielo tan lleno de luces que nos permitía vernos entre nosotros. Lo tomé como una buena señal en medio de la pandemia que tenía en jaque al mundo.
Desde niño siempre añoré perderme en una isla y disfrutar la belleza y la soledad que encierra. Envidié a Tom Hanks en la película EL NÁUFRAGO, la vi una docena de veces, pero nunca imaginé que como consecuencia de la pandemia quedaría atrapado en una isla que hace parte de una reserva natural en el caribe, de un parque protegido contra el consumismo desaforado.
Conocía bien la isla, venía con frecuencia al Ecohotel que tenemos allí y pernoctaba máximo ocho días y luego regresaba a la vida trajinada y esclavizante que transcurría entre Bogotá y Miami y que hacía que me pavoneara orgulloso entre amigos y familiares como un hombre exitoso. Ahora, debido a la pandemia, estaba atrapado en la isla, mirando con recelo a los nativos, juzgando su estilo de vida. Pero la realidad me tenía muchas sorpresas que me obligaron a revisar mis patrones de conducta y a poner en tela de juicio la utilidad práctica de mis conocimientos.
Esa mañana salimos de Cartagena en la madrugada hasta Barú, desde donde una lancha pequeña nos llevó al Hotel. Los empleados estaban esperando en el muelle, les pagamos y la misma lancha que nos trajo los sacó de la isla. Todos se fueron.
Quedamos sólo mi compañera y mi hija de 7 años. Las instalaciones del hotel, solas , espantaban, revisamos los congeladores y estaban llenos de proteínas , ya que nos habíamos aprovisionado para la temporada de Semana Santa. Pensábamos que esto sería transitorio, por 30 días como decía el decreto, pero lo extendieron durante los 10 meses que duró el encierro, como consecuencia de la emergencia sanitaria decretada por el ejecutivo.
El gobierno ordenó el estado de sitio para que nadie se moviera y con multas elevadas lo hacía cumplir, pero olvidó que la isla vivía en gran medida de lo que venía del continente
Aquí el virus nunca llegó, quizás la salinidad y el aislamiento evitaron en este lugar su presencia y nos parecía desconcertante la forma en que los noticieros presentaban las cifras de muertos en otros lugares.
Alumbrado por el celular logré encender el generador y el sentimiento de soledad y abandono desapareció. El pueblo de pescadores, de descendencia africana. que de un día para otro se vio invadido de extranjeros que venían de todo el
Mundo, en busca de paz, de tranquilidad, del romancé, de amores fugaces y de encuentros prohibidos que quedaban registrados en ese mar de los siete colores, registros que nadie podría leer, quedaba a unos 700 metros. Era una población de unas 500 personas, como no tenían servicios, y su baile preferido era la sensual champeta africana, la promiscuidad sin control generaba muchos niños.
Los días se deslizan suavemente, sin prisa, ajenos al acontecer humano. El pequeño pueblo de pescadores se quedó colgado en el siglo XVIII , ignorando el modernismo y los elementos distintivos del desarrollo no están presentes en él. No hay carreteras, carros, semáforos, cajeros automáticos, vallas ni contaminación visual. No hay servicios de acueducto, electricidad, ni salud. La energía se produce con Generadores propios y el agua se trae en bongos desde el continente. No obstante, el pueblo disfruta de un alto nivel de felicidad debido a la simplicidad con que manejan su vida. Es el único lugar del mundo que tiene un cementerio sin muertos: nadie muere ahí y los que mueren, son devorados por el mar. Ellos explican que el mar no es un espejo de agua, sino millones de ríos de agua salada, y por eso nunca encuentran los cuerpos, las corrientes se los llevan.
El mirador domina la bahía y me premia con una vista panorámica hermosa que se pierde en el horizonte , donde uno imagina, se encuentra acurrucada Cartagena de indias y sus 500 años de historia.
Un grupo de pelícanos pasa rasante en frente mío; parecen pájaros prehistóricos que se extraviaron en el tiempo y terminaron viviendo en esta época. Son pesados y torpes, pero logran la proeza de volar a ras del agua, bajo el ritmo que el viento le impone a las olas, sin perder el equilibrio. Siempre sigo su vuelo, convencido que una ola los hundirá; nunca ha sucedido.
Un Vallenato de Diomedes Diaz me llega revoleteando desde el pueblo y me saca de la contemplación del mar y del brillo que produce el agua cuando el sol la toca. Nunca he entendido por qué el Vallenato me ministra tanta tristeza. Es como si la vida trágica del artista estuviera siempre presente, fundida en sus canciones poéticas. Eso hace brotar mi sensibilidad y me entrega como un corderito indefenso al dragón de mis recuerdos, que me atrapa , me esclaviza, me devora; Trato de huir pero ya es tarde, el Vallenato sigue y ahí estoy yo a su merced, vulnerable, triste, y con una soledad que cada minuto se hace más pesada, más asfixiante.
La pandemia me atrapó en esta isla , y mis días transcurren sin sobresaltos. Como en la película “ El Náufrago” solo se escucha el mar y el ruido que producen los cocos al caer, y como no tengo a “Wilson” debo entender una realidad que no es la mía, pero que poco a poco se va incorporando a mi mundo.
Miro el horizonte y observo como la tarde comienza a fundirse con la noche, y veo el Mar que como un dragón gigante se traga a él sol y deja danzando, en el cielo, un universo de colores.
Próxima entrega: “Hoy no es un buen día para morir", “En la mañana llegan los delfines” síganos y reciba notificaciones.