Relatos desde la Isla - Segunda Parte
Los días transcurrían lentamente y sin novedad. El mar era transparente, se podían contemplar desde arriba del muelle los peces. Con una pequeña careta se podía ver, debajo de la estructura de madera, miles de peces y cangrejos. Hasta allí venían barracudas y otros depredadores a alimentarse, mientras los ronquitos y pargos pequeños se defendían para evitar que se los comieran. La luz del sol es intensa y golpea la barrera de coral que protege la isla, por eso el agua se mantiene tibia, agradable para los bañistas.
Taty, mi pareja, bajaba al medio día al muelle, corría una tabla a la que le habíamos retirado los clavos y en 15 minutos capturaba con anzuelo, suficientes Ronquitos para el almuerzo. En eso estaba, lamentando mi suerte por quedar atrapado en esta isla, inconsciente de que debía dar gracias a Dios por ser tan generoso conmigo. Yo no entendía que me había liberado de angustias y preocupaciones, y por fin podía hacer lo que siempre quise: escribir, y además junto a una bella criatura como pareja; joven, delgada, recursiva, y con un desparpajo de alegría que la convertía en una excelente bailarina o en la intérprete feliz de su guitarra; todo mientras allá afuera, en el continente, la humanidad se enfrentaba a un virus inmisericorde y desconocido. Fabricio interrumpió mis reflexiones, vino al muelle y nos relató el accidente absurdo que da origen a la historia de hoy.
HOY NO ES UN BUEN DIA PARA MORIR
Eran las tres de la mañana y Antonio Medrano no había podido conciliar el sueño, llevaba días en que el alba lo sorprendía despierto. La pandemia lo había alejado de su trabajo de guía turístico y ahora subsistía de la Pesca. Pero un huracán que azotó el norte del caribe colombiano, había lanzado un frente frío sobre el archipiélago y produjo un mar de leva en la isla que no le permitía pescar. Esa mañana se levantó, logró bañarse con agua dulce, llamó a un familiar que venía de San Bernardo, donde el mal tiempo no se sentía, y le encargó dos pargos y dos Caracoles de Pala. Tiró la pequeña embarcación al agua y le dijo a Juana, su mujer; “cocina yuca que algo traigo de liga”. La esposa, que ya se había levantado, lo instó a que no fuera, “con estas brisas ese mar está revuelto y lo que vas a pescar es una mala hora”, dijo.
Antonio miró el mar mientras amanecía y lo vio más bravo que el día anterior; observó pegada a la puerta una mariposa negra, pensó en el comentario de su flaca y murmuró; “hoy no es buen día para morir”.
De todas formas, salió a la bahía y se dirigió al arrecife donde acostumbraba pescar, amarró su canoa y tiró los tres hilos del nylon que siempre usaba. Las olas eran muy fuertes y sacudían la embarcación. Lo primero que picó fue una morena que se robó la carnada, cortó la línea y se llevó el anzuelo. “Las morenas son feas y peligrosas, pero aguantan un pedazo de yuca”, expresó.
“Le prometí a mi señora un pargo y no puedo irme sin él”.
Pero la mañana transcurrió y solo pudo recoger dos ronquitos, que arregló y llevó a casa en medio del oleaje, que a esa hora ya era inmanejable. Llegó a casa, le entregó los pescados a su mujer, se sacó el agua salada y se cambió de ropa. “Si mejora el tiempo vuelvo en la tarde por tu pargo”, le dijo.
Su esposa, que acababa de servirle un café, musitó; “quédate quieto, otro día será” y agregó: “hoy no es un buen día para morir”.
Antonio tomó el café, salió a la calle y se dirigió a la tienda del mocho, donde lo esperaban para jugar dominó, sus amigos: el Alemán, el Cacique y Fabricio.
El Alemán era un turista que apareció un día en el pueblo con su esposa, una palenquera pura, de la que él se enorgullecía, y un violín del cual nunca se desprendía. Él les exponía análisis profundos que moverían los cimientos de cualquier intelectual, pero que ellos no solo no entendían, sino que poco les importaba. Decía por ejemplo que las estructuras de Gobierno y poder en el mundo, estuvieron montadas hasta el siglo XV, sobre una gran mentira: que la tierra era plana y que el sol giraba alrededor de ella, y sostenía que hoy pasaba lo mismo: “todo es mentira”. Contaba que durante millones de años el hombre tuvo un depredador natural que era el tigre “Dientes de Sable”. Y que cuando aparecía en medio de la manada de hombres salvajes, el cerebro enviaba mucha adrenalina al organismo para que lograrán hallar el árbol más cercano y escapar de sus garras. Cuando el tigre se extinguió, aseguraba con su acento marcado, el hombre siguió actuando como si el animal estuviera ahí, y convirtió el trabajo, el esposo, la esposa, el jefe, los impuestos, las pestes y todas nuestras responsabilidades en tigres “Dientes de Sable”.
Pero los nativos restaban importancia a sus comentarios y entre jugadas y cerveza, escuchaban la champeta africana ICHA, que en el Caribe bautizaron con el nombre de EL SEBASTIAN; Champeta con la que Shakira puso a bailar al mundo entero en el Super Bowl. Ellos, en cambio, consideraban de mayor importancia los titulares del Buitre, un periodista de crónica roja de un periódico sensacionalista, quien se consideraba un maestro en titulares, por ejemplo, cuando la policía dio de baja a un peligroso delincuente apodado el Pollo, el buitre tituló la noticia: “Mataron al pollo, no dijo ni Pío”, y cuando el que cayó fue otro delincuente llamado Me Muerde, el título fue: “mataron a me muerde, ya no mordía” para aclarar que para entonces, era un delincuente retirado de sus actividades ilícitas.
Unos días atrás, cuando había buen tiempo, el grupo llevó al Alemán en lancha, a revisar un trasmallo en la madrugada. La luna estaba tan clara que parecía de día y el Alemán quedó tan embriagado con la experiencia del brillo de los peces revoleteando bajo el agua, en medio de la soledad y la belleza del mar a esa hora, que sacó su violín y tocó la cuarta sinfonía de Beethoven, convencido de que la mar entendía y disfrutaba su música. Los nativos le dijeron riendo, que estaba solla’o.
Al rato, en el grupo repartieron las fichas de dominó y Antonio obtuvo los siete dobles; con eso ganaba la partida. Nadie recordaba que eso hubiera sucedido antes en la isla y lo consideraron una señal de buena suerte, menos él, quien lo consideró una premonición, y recordó la mariposa negra en la mañana y lo que dijo su mujer: “Hoy no es un buen día para morir”.
A la una de la tarde, cuando llegó el familiar con el encargo de los pargos y los caracoles de pala, Antonio invitó a otro nativo para que lo reemplazará en el juego; tomó los pescados, los caracoles y se dirigió a su casa. Una hora después estaba muerto.
La noticia llegó primero a las otras tiendas donde también vendían cerveza: “al señor Antonio lo mató un caracol”, gritaban. Cuando el Vega llegó a la tienda del mocho con la noticia y los amigos lo escucharon, nadie lo tomó en serio. Pero de todas formas caminaron los 390 pasos que separaban la tienda y la casa. Lo encontraron a la orilla del mar, en el muelle; el cadáver estaba cubierto con una sábana blanca y su señora lloraba mientras explicaba a los recién llegados que Antonio había llegado a casa con los pargos y los caracoles de pala, tomó un par de cuchillos y bajó al muelle a arreglarlos. Los caracoles gigantes, al ser cortados botan una baba resbalosa, que al regarse en el muelle lo convirtieron en una pista de jabón, Antonio resbaló en ella y se golpeó la cabeza, perdió el sentido y cayó al agua. Cuando su mujer, al ver la demora, decidió venir a buscarlo, ya era tarde.
El Alemán miro el mar, que a esa hora estaba picado, detalló las olas fuertes y amenazantes. Tenían que ir a la otra isla y traer al inspector para que autorizara el movimiento del cadáver; miró la pequeña lancha en la que debían desplazarse y en su imperfecto español expresó: “no ser buen día para morir”.
Próxima entrega: “En la mañana llegan los delfines”, “Tiburón gigante salta barrera Coralina”, “La barracuda de ojos azules”.
Facebook: Barros Jorge
Instagram: Jorge_Barros2330