Relatos desde la Isla - Séptima entrega
Mientras tomaba café en la mañana, Taty discutía con la niña sobre el desayuno; Ella no quería ninguna de las opciones que le daban. Estábamos en el mirador y desde allí se veían con claridad los edificios en Cartagena. En una emisora local el dueño del aviario, un emprendedor nato, había lanzado un SOS a la comunidad, debido a que el acuario y el aviario debían permanecer cerrados, y sin recursos no tenía como alimentar los peces y las aves. Pensé en los pobres animales, presos, estresados y hambrientos, y en el hombre que enfrentaba la encrucijada de mantenerlos retenidos a riesgo de morir de hambre, o liberarlos, perder todo su trabajo, y exponerlos a enfrentar la vida salvaje que ya no dominaban. El drama detrás de la noticia me hizo recordar el episodio difícil que viví el día que cometí la estupidez de disparar contra una familia de monos aulladores en la pequeña finca de mi padre. Los dejo con la historia de hoy:
UN AULLIDO EN MI CONCIENCIA
Amaneció sin ganas, parecía que hasta el sol quería seguir durmiendo ese día, que transcurría en medio de la suave llovizna en que se había convertido el fuerte aguacero que cayó toda la noche.
Hacia un frio alcahuete, cómplice, que invitaba a no abandonar la vieja hamaca donde dormía.
Mi viejo me pasó un café caliente, y luego, atrapado por el frío y la pereza, se tiró sobre un saco de fique. Estaba concentrado en las aves que volaban haciendo círculos en el cielo: eran gallinazos, incluido uno con plumas blancas y cabeza descubierta que era el Rey. Hacía dos días no encontraba a una de sus vacas que estaba a punto de parir y sospechaba que había malparido y la cría había muerto. Estaba muy angustiado y pendiente del movimiento de los goleros (ssí se les conoce a estas aves carroñeras en la zona) mi viejo no los perdía de vista.
Cuando el Rey, el de plumas blancas, muy parecido a un águila, se lanzó en picada hacia un paraje enmontado cerca del arroyo, el viejo no lo dudó: ahí debería estar su vaca. Se puso de pie de inmediato, pero lo detuve y le comenté lo que viví dos días antes en el arroyo.
-Es muy posible, le dije, que la presencia de los gallinazos obedeciera a un mono aullador al que le había disparado el día anterior.
Y le conté la historia:
Había llovido dos días seguidos y el arroyo estaba desbordado por la enorme cantidad de agua que muy lentamente se desplazaba cauce abajo. En la zona vivían gran cantidad de conejos, proteína apetecida en la región. De hecho, mi tarea diaria era suministrar conejos a mi hermana para que los ahumara y lo sirviera desmechados y revueltos con huevo a la familia. Para ello disponía de una escopeta calibre 16 y suficiente munición. En el verano era más fácil atrapar a los conejos, al medio día el calor es tan fuerte, que se duermen profundamente y como ni siquiera se percataban de nuestra presencia, uno sencillamente les daba un golpe en la cabeza; no había necesidad de dispararles. En cambio en el invierno se esconden en la espesa vegetación y había que cazarlos de noche, iluminándolos con linternas que les hacen brillar los ojos y delatan su ubicación.
Con la escopeta en la mano mirábamos cómo el agua del arroyo seguía lentamente su cauce. Al lado, un árbol grande y sombreado de Jobo era la casa perfecta para los monos aulladores; solo ellos sabían desplazarse entre sus ramas sin que estas se quebraran, y comían sus frutos que en ese momento abundaban.
Por ser altamente territoriales, nuestra presencia los alarmó y comenzaron a tirarnos, inicialmente las semillas de los frutos que ya habían comido y cómo no nos fuimos, comenzaron a tirarnos caca. Sabíamos por experiencia que, si la caca de los monos nos alcanzaba, se nos llenaría el cuerpo de llagas, pero no cedimos y seguimos allí.
Entonces lo vi, era tan grande como un perro criollo, tenía colmillos afilados de unos cinco centímetros, y la melena rojiza que acompañaba sus ojos furiosos lo hacía ver mucho más grande y agresivo de lo que era. En verdad infundía respeto, y dejó claro que ese era su árbol y su manada y haría lo que fuera para defenderlos.
Se acercó lo que más pudo al lugar donde estábamos y lanzó un aullido amenazante mientras sacudía toda la rama; el resto de la manada lo acompañaba tímidamente, la mayoría eran hembras con sus crías. Entonces, tomé una de las peores decisiones de mi vida. Quizá la idea plana y simplista que para esa época tenía la vida, limitada a la triste tarea de matar conejos, despertó la envidia por el mono Alfa, cuya misión era la de defender, solo con sus dientes, toda una manada. Admiré su decidido coraje, la belleza de su pelaje rojizo y su condición de líder.
Tomé la escopeta, logré contacto visual con él, que en ese momento estaba mucho más furioso, subí el gatillo, le apunté y disparé; El estampido sacudió la mañana, un grupo de pericos que comían en un cultivo de maíz cercano, se levantó huyendo, y su algarabía ahogó la detonación.
El mono no cayó, quedó en una rama colgado de la cola , estaba mal herido y toda la manada vino en su rescate. Cómo pudo, se incorporó con la ayuda de los otros monos. Para entonces, la llovizna ya no estaba y el sol comenzó a ganar espacio. El agua en el arroyo mantenía su nivel. Dos monos se hicieron al lado del Alfa y como en una coreografía previamente programada, colocaron sus manos sobre la herida y luego me las enseñaron llenas de sangre, mientras lágrimas rodaban por las caras de los dos acompañantes. Al mono herido parecía que por su condición de líder le estaba prohibido llorar.
Un sentimiento de culpa recorrió mi cuerpo; no concebía en mi tanta estupidez, tanta mezquindad. Ellos no representaban ningún peligro, todo lo contrario, alegraban con sus aullidos las mañanas en la finca y por ser tan quebradizas las ramas del Jobo, nunca podíamos recolectar sus deliciosos frutos. No había razón para atacarlos.
El mono se desprendió de la rama y cayó al agua del arroyo, se hundió unos segundos y luego volvió a salir agarrado de un tronco seco. Me miró largamente, como pidiéndome una explicación; parecía preguntarme ¿por qué?, ¿qué te hice? Entendió que iba a morir y le preocupaba quien se haría cargo de defender su familia.
Tomé una rama grande y le ayude a salir del agua y con las pocas fuerzas que le quedaban me atacó. La manada se le unió nuevamente y yo salí corriendo del lugar; y desde entonces no he dejado de huir, me atormenta la conciencia, reniego de mi ligereza para hacerle daño a una familia de monos aulladores y de mi impotencia una vez que apreté el gatillo de la escopeta. Intentando aliviar el sentimiento de culpa traté de convencerme que así como mataba conejos para consumirlos, sacrificar un mono era algo normal, un conejo más, pero las manos de los monos untadas de sangre y sus lágrimas rodando por sus caras estaban ahí, y ahora viven en mi mente, torturándome, al punto que en las noches me despierta ese aullido lastimero que sigue allí, atrapado en mi conciencia.
PD: tengo para ustedes este año buenas noticias. Taty mi pareja es una mujer joven, muchos años menor que yo, pero con un espíritu viejo y eso nos equilibra, escribe bien y sabe contar historias. La invité a que me acompañe en mi espacio en Facebook e Instagram, sobre todo con su pasatiempo favorito: bailar.
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