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Relatos desde la Isla - Octava entrega

El tema de discusión hoy en la isla fue el análisis de la situación del país. Muchos pensamos que un gobierno de izquierda abriría nuevos espacios a la democracia, y el ciudadano raso encontraría en el Estado un doliente afectivo que le ayudara a resolver sus necesidades inmediatas. Pero la verdad es que todo sigue igual. El presidente está lleno de buenas intenciones y trabaja duro pero sus colaboradores más cercanos, especialmente su vicepresidenta, son su mayor obstáculo; y el ciudadano se siente como una gacela que escapa de los leones que son sus depredadores autorizados y luego es perseguida por Hienas y una jauría de perros salvajes. En su huida llega a un río infestados de hambrientos cocodrilos. La única opción que tiene es escoger qué depredador la devora. Si los leones que primero la matan, las hienas y perros salvajes que se la comen viva o los cocodrilos que la despedazan mientras la ahogan; la Gacela es el ciudadano correcto e indefenso, los leones son el gobierno, incluyendo legisladores y representantes, las hienas y perros salvajes son las guerrillas y los cocodrilos son la delincuencia organizada. La narración de hoy tiene que ver con nuestra historia reciente y es un claro ejemplo de la guerra sucia, la desinformación y la falta a la verdad que nos ha acompañado a lo largo de los escasos 200 años que llevamos como República.

Tomar conciencia y buscar la verdad que nos permita defender nuestra democracia, ya no es una necesidad, es una obligación.

Aquí se las dejo :

Belleza Mortal

La niña se despertó, estaba durmiendo en el mismo cuarto donde su madre vivía con su nueva pareja. Desatendiendo las instrucciones de su progenitora, preguntó dónde estaba su papá. El hombre se despertó rabioso e increpó a la mamá. ¡Dijiste que no iba a molestarnos! que estaría quieta y ¡mira! Tomó la pistola que tenía debajo de la almohada y le disparo a la niña en la cara. Ella cayó hacia atrás, convulsionó y murió. Tenía cinco años.

Le dicen la muñe y la encuentras viviendo en las puertas del cementerio local, mira sin mirar, habla sin hablar y desde hace muchos años la ven deambular por el pueblo a cualquier hora como fantasma que se escapó de algún lado. Todavía recuerdo el día en que una mujer filántropa, directora de una Fundación y una de las creadoras de la cultura de la mendicidad en un país acosado por una carga de impuestos, había que pagarle impuestos a un estado leonino y corrupto y a las guerrillas marxistas que vivían de la extorsión antes de convertirse en un cartel de drogas. Esta poderosa fundación pedía dinero en las cajas de los supermercados cada vez que usted hacía un pago o donación cuando realizaba operaciones en un cajero automático. Era esposa de uno de los poderosos del país y llegó como siempre lo hacía todos los diciembres a liberar sus culpas, haciendo una que otra obra de caridad y fue a la puerta del cementerio con el supuesto interés de ayudar a la Muñe. Fue la última vez que escucharon su voz; cuando la dama le inquirió y le pregunto porque vivía donde estaban los muertos, en su último impulso de lucidez, contestó: Porque yo ya estoy muerta.

Fue una época complicada de entender y muy difícil de vivir. Colombia, siempre polarizada, vivió su peor momento en su historia de vida republicana. Las guerrillas marxistas, con sus discursos hipócritas, se habían tomado el campo y tenían a los ganaderos a su merced. Ellos no secuestraban; retenían. Ellos no mataban; ajusticiaban en nombre de un pueblo que nunca les concedió ese derecho, mientras sus jefes con vocación de jeques árabes tenían el último anillo de seguridad custodiado por sus amantes. Todas menores de edad que les arrebataban a los campesinos.

Ya conquistado el campo comenzaron a tocar industriales y banqueros y todo lo que a su juicio representara el "establecimiento". Eran sucios y oportunistas y no se les podía derrotar aplicando la Constitución y el orden jurídico. Por eso un grupo de empresarios, industriales, políticos, ganaderos y generales del ejército, con el apoyo y aval del alto gobierno, decidieron crear un batallón de asesinos con licencia para matar guerrilleros y todo lo que oliera a ellos: sindicalistas, defensores de derechos humanos, profesores, ambientalistas y una vez que tomaron el control, lo extendieron hasta “a quien les diera la gana”. No se movía una hoja en el pueblo si ellos no lo autorizaban.

La Muñe, una mujer impactante, piel canela, delgada, con una cabellera de rizos dorados que era punto de atracción donde estuviera, casi siempre en compañía de su esposo, un profesor de literatura del colegio del pueblo y sus dos hijos, una niña de 5 años y el otro niño de 7, tuvo la desgracia de pasar ese día por el parque del pueblo, donde estaba el Gavilán (así le decían al jefe paramilitar del pueblo) un tipo gordo, grotesco, de 45 años, que comandaba la zona y tenía un gusto especial por las mujeres delgadas y de pelo crespo.

Todos los que le conocían sabían que esa mirada atenta con que siguió el desplazamiento del profesor y su familia por el parque, era una sentencia de muerte para él y el comienzo de la más terrible pesadilla para ella.

Por eso no se sorprendieron cuando dos días más tarde aparecieron en una represa cerca al colegio, los cadáveres del profesor y de su hijo de 7 años. Los huecos que dejaron los tiros de gracia en la parte posterior del cráneo no impidieron que medicina legal, dictaminara como causa del deceso: ahogamiento por inmersión.

Los pocos que vieron los cadáveres, ya que el alcalde ordenó sepultarlos de inmediato, observaron cómo el agua acumulada en la cabeza del profesor y del niño brotaba a través de los huecos que dejaron las balas y entendieron que ellos no eran el objetivo, solo eran parte del plan siniestro montado por Gavilán. El miedo se apoderó de ellos y dejaron sola a la Muñe.

El Gavilán se había hecho famoso en la región por arrebatar a los campesinos sus hijas de quince años, escaló posiciones dentro de la organización cuando descubrió la forma de meter un cadáver en una fosa de 60 cms. Un día en un supermercado vio un pollo exhibido en una bandeja pequeña de icopor, envuelto en plástico, y le pareció genial hacer lo mismo con sus víctimas para que sus hombres no perdieran tiempo cavando tumbas normales.

Cuando avisaron a la Muñe de la muerte de su esposo y de su hijo, ya los habían enterrado. Corrió al cementerio para despedirse, y allí mismo, llorando sobre la tumba de su esposo y de su hijo, fue notificada personalmente por el Gavilán de que a partir de ese momento por ser una mujer viuda y libre, sería su pareja. Y si se negaba su hija de cinco años que le acompañaba podía sufrir otro accidente fatal.

Entonces entendió todo, miro hacia atrás y vio que estaba sola. Todos huyeron cuando lo vieron llegar. Por eso no ofreció resistencia alguna cuando el jefe paramilitar la tomó del brazo, la sacó del cementerio y la subió a su carro. Cuando llegaron a la casa del paraco este echó a la moza de turno, y le explicó a la Muñe que cuando estuvieran en la alcoba, la niña no debía molestar.

Esa mañana, la Muñe, al ver a su hija muerta, consumó su último acto de lucha, se lanzó sobre el Gavilán y con los dientes le quitó una oreja, y se la tragó. Los escoltas se llevaron al Gavilán para que lo curaran y otros tomaron a la Muñe para desaparecerla, pero una llamada del comandante general para felicitar al grupo por su contribución en la defensa de la democracia al dar de baja a un peligroso profesor delincuente, la salvó. Por esa llamada la dejaron ir, pero ya había perdido para siempre la lucidez.

Meses después una pareja de enamorados, entró al cementerio a hacer el amor. Era un amor prohibido, que solo se podía vivir lejos de miradas inquisidoras. La protagonista era la esposa del alcalde, a quien no se podía llevar a un motel o residencia. Cuando fueron sorprendidos por los ojos inquietos de la Muñe. La amante preguntó quién era y el hombre contestó: Es la Muñe; quedó loca desde que mando a matar a su marido y a sus hijos para irse a vivir con un paraco. ¿O sea que eso le pasó por cachona? repuso la mujer. Sí. Así es, contesto el hombre, ¡por cachona!



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Author

Jorge Barros

Periodista colombiano especializado en temas políticos y económicos. Director la Revista VISIÓN desde el año 2002.