La inteligencia artificial: ¿la sepultura de la política tradicional?
En el último tiempo hemos sido bombardeados por lo que se ha denominado la inteligencia artificial y cómo su llegada promete cambiar de forma radical nuestras vidas.
Así, desde la llegada de ChatGPT, cada semana se estrenan nuevas herramientas que prometen solucionar nuestras vidas y auxiliarnos en tareas de diseño, productividad, contenido multimedia, negocios, presentaciones, investigaciones y todo lo que nos podamos imaginar.
Pero, te has preguntado cómo este tipo de herramientas impactarán en el ámbito de la política o más específicamente cómo se llevarán a cabo las campañas electorales y, en este sentido, como el denominado algoritmo puede impactar la forma en la que concebimos y entendemos la democracia.
Esto si tomamos en cuenta que las herramientas y técnicas avanzadas del denominado análisis de datos permiten a los candidatos, partidos políticos y a sus equipos de campaña recopilar y analizar patrones de comportamiento, lo cual en los hechos se traduce en la segmentación y personalización de estrategias para grupos específicos con la finalidad de generar una conexión con la ciudadanía.
De ahí que en años recientes escuchamos del caso de Cambridge Analytica y cómo era posible generar campañas de segmentación o, en una forma más rudimentaria, fuimos testigos de cómo la dispersión de noticias falsas a través de plataformas de mensajería contribuyó a que personajes controvertidos como Donald Trump o Jair Bolsonaro por mencionar algunos conquistaron la presidencia de sus respectivos países.
En este sentido, quienes sostienen las bondades de la inteligencia artificial afirman que las campañas digitales y las redes sociales jugarán un rol central porque no únicamente se estará en posibilidad de que los mensajes políticos lleguen a grupos más específicos, sino que se podrán detectar noticias falsas y patrones de desinformación que permitirán reaccionar a los candidatos y sus asesores de manera más efectiva, proporcionando mensajes claros, transparentes y verificables.
En este punto, cabe aclarar que el optimismo que desborda la utilización de las herramientas de inteligencia artificial en la política no puede ser disociada de las emociones, ya que en muchas ocasiones se cae en la tentación del pragmatismo tecnócrata que sostiene la hipótesis de que los números y datos se anteponen a la realidad y las emociones del electorado.
Si no veamos nuestra región latinoamericana, en donde a pesar de que la clase intelectual y los medios de comunicación critican una y otra vez lo que han denominado el populismo, ya sea de derecha o de izquierda, somos testigos que, lejos de atizar su proliferación, este crece ante la oleada de epítetos y descalificaciones y una ola rosa se ha instalado prometiendo esperanza donde no ha existido o, simplemente dando abrigo y visibilidad a quienes menos tienen.
Por esa razón habría que preguntarnos realmente, la inteligencia artificial podrá sustituir las emociones que transmite un líder carismático, lo cual ya no pasa ni siquiera por los países latinoamericanos, sino basta ver como Donald Trump a pesar de sus problemas legales cada día se afianza como un real competidor en las elecciones de Estados Unidos del próximo año.
Por lo que en este punto podríamos decir que, si bien la inteligencia artificial tendrá un papel importante, su rol no será central, sino más bien accesorio, pero a la vez útil, más cuando la crisis de representación en la región se traduce en la pérdida de interés en la política, la escasez de liderazgos, la falta de una oferta política o la percepción del ciudadano de que su participación no hace la diferencia, circunstancia que únicamente se podrá combatir con la raíz más básica de la política: el sentido común.
Obviamente, cada quien podrá definir qué es el sentido común, pero en nuestra realidad latinoamericana se materializa en entender e interiorizar el malestar de la ciudadanía que reclama una clase política que conecte en el discurso y en el actuar, abriendo los espacios para la participación de la sociedad civil en la selección de candidaturas o la construcción de proyectos que los identifiquen.
Para eso, a diferencia de los prejuicios que se pueden tener sobre la inteligencia artificial y su impacto en la política, su verdadero potencial estará en democratizar el espacio público en donde los mismos de siempre que gozaron de las bondades del ascensor del progreso, ahora tendrán una opinión pública soportada en una sociedad civil que desde su opinión crítica estará en posibilidades de elevar el debate o, en su caso poner mayores elementos para que la renovación de cuadros en la política sea una realidad.
Mientras esto ocurre, lo que si será un tema de pronóstico reservado es cuánto tiempo la política tradicional sobrevivirá al cambio tecnológico y a la existencia de una nueva generación que no se le podrá pasar gato por liebre, lo más probable es que el fracaso del antiguo régimen radicará en que quien detente el poder no se adapte al cambio, de ahí que la esperanza siga abierta y que tarde o temprano la democracia y sus beneficios se hagan realidad para todos y no para unos pocos.