Iglesia: Hora de las reformas
En el año 325 d.C., el emperador Constantino convocó y presidió el Concilio de Nicea, una reunión de líderes religiosos en Asia Menor, con el objetivo de resolver dos problemas que le preocupaban profundamente.
Primero, la expansión del cristianismo, impulsada por la incansable labor de evangelización de Pedro y Pablo en Roma, representaba un desafío para el Imperio. A pesar de las brutales persecuciones, como arrojar cristianos a los leones en el Circo Romano o exhibir públicamente cadáveres de cristianos atados a personas vivas, la fe cristiana continuó creciendo, generando inquietud en el Imperio.
Segundo, Constantino asociaba la propagación de guerrillas en el Imperio con el auge de las corrientes cristianas. En una época donde la formación de ejércitos se basaba en hombres fuertes y espadas, esta conexión resultaba alarmante para el poder imperial.
Con el fin de consolidar su poder, Constantino ideó una estrategia: simular su conversión al cristianismo y convertir esta corriente religiosa en la religión oficial del Imperio. El Concilio de Nicea fue el escenario para esta maniobra política, donde el emperador imponía su voluntad y los líderes religiosos acataban sus órdenes.
Tradujeron la Biblia del griego al latín y, con la ayuda de sacerdotes romanos, establecieron la estructura de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. La discusión sobre la divinidad de Jesús y la legalización de los cuatro evangelios, temas centrales del Concilio de Nicea, sirvieron como justificación para la reunión, mientras el emperador consolidaba su control sobre la nueva religión oficial.
Un importante religioso, cuyo nombre siempre se ha omitido, colaboró estrechamente con Constantino en la tarea de monopolizar el cristianismo y establecerlo como la religión oficial del Imperio. Nunca imaginaron que esta institución se convertiría en la religión más influyente de las que se desprenden de los lomos de Abraham. Arrebatar el liderazgo de la fe cristiana a los seguidores de Pedro y Pablo resultó relativamente sencillo para el emperador, a pesar de la eficaz labor de evangelización de estos dos pilares de la fe en Roma. Es significativo destacar que ningún líder judío participó en el Concilio de Nicea.
Crearon mecanismos de expansión como el contrato que obligaban a firmar a los gobiernos extranjeros (concordato) y un organismo "eficiente" de control, como la Inquisición. Con esto lograron despejar y asegurar el camino para que la Iglesia Católica lograra extenderse por el mundo.
Este origen político ha perseguido a la Iglesia Católica a lo largo de los siglos. A pesar de su transformación y su importante papel social, que la han convertido en un pilar de la sociedad y en un bálsamo para las clases menos favorecidas, la sombra de su pasado persiste.
Cada vez que se avecina un cambio de su máximo líder, el mundo espera que el nuevo pontífice libere a la Iglesia y corrija los errores del pasado.
El obispo filipino Luis Antonio Tagle es el más opcionado para reemplazar a Francisco y tendrá que realizar los cambios sencillos pero de gran impacto que se requieren.
Echemos un vistazo a la historia: durante siglos, la base de la sociedad siempre fue la familia. Allí, entre sus aguas, nadó y vivió la moral, y esta le permitía a los gobiernos tener el control social. No había que crear tantas leyes porque existía un respeto por lo que moralmente estaba bien.
Al debilitarse la familia en el nuevo escenario social, con familias disfuncionales y alejadas de principios fundamentales, la moral es la primera víctima. Estas familias no solo son disfuncionales, sino que, en muchos casos, no pueden tener hijos, y aquellos que sí pueden tenerlos prefieren las mascotas.
La prueba reina es que el otrora poderoso Partido Comunista Chino, que tenía leyes para frenar la natalidad, hoy cumple funciones de casamentera. Mediante bazares, invita a sus ciudadanos a enamorarse, casarse y tener hijos debido a la caída en picada de la población.
San Agustín, el padre del celibato, vivió hasta los 32 años en que se hizo sacerdote en la ciudad de Cartago, en la parte africana del Mediterráneo. Era un intelectual, filósofo y literato. Amante de los placeres carnales, adicto al sexo.
Toda la actividad comercial de la época pasaba por Cartago, que era una ciudad muy promiscua y llena de magia negra y santería que subía de África.
En ese escenario, a San Agustín se le ocurrió, en su afán de proteger a los sacerdotes y congraciarse con el emperador, crear el celibato. Pero esto produjo un efecto contrario: fomentó la pederastia, que tanto dolor de cabeza le ha causado a la Iglesia, y quebrantó la relación de los sacerdotes con la familia.
"Todo lo que es ya fue. No hay nada nuevo debajo del sol". Esto lo dijo Salomón hace más de 2.000 años y dejó claro que el hombre se equivoca cada vez que se mete en los terrenos de Dios.
El Creador siempre respalda su palabra y, así como convirtió a un perseguidor como Saulo de Tarso en el apóstol Pablo, máximo defensor y difusor del Evangelio en el mundo, hoy, muy seguramente, va a convertir a la Iglesia que creó el imperio que sacrificó a su Hijo en la iglesia más importante del milenio.
Para ello, esta debe obedecer y realizar las reformas que se requieren, empezando por abolir el celibato y permitir que los sacerdotes formen familias modelo, que rescaten la moral y devuelvan a la sociedad el deseo de casarse y procrear.
Las redes sociales volvieron masivo el conocimiento, y no hay que ser teólogo ni historiador para saber estas cosas. Es hora de que la Iglesia deje de perder el tiempo ocultando verdades que ya son de dominio público y cumpla el papel edificador que la historia y Dios le demandan.