INVAP: ejemplo latinoamericano de desarrollo en tecnología nuclear
Desde el corazón de la Patagonia argentina, a orillas del lago Nahuel Huapi, una empresa pública desafía los límites de la ciencia aplicada. INVAP, con sede en Bariloche, diseña reactores nucleares, satélites, radares y sistemas tecnológicos que hoy operan en países como Australia, Egipto, Argelia y los Países Bajos, consolidando a la Argentina como un referente en alta tecnología.
¿Cómo un país latinoamericano logró dominar una de las tecnologías más complejas y sensibles del planeta? Para entender ese recorrido, conversamos con el Ing. Felipe Albornoz, gerente del Área Nuclear de INVAP y uno de los responsables de su expansión internacional.
VISIÓN: Nos gustaría empezar por la historia de INVAP: ¿cómo fueron sus inicios y cuáles han sido los hitos que la han convertido en un referente latinoamericano en tecnología nuclear?
Ing. Felipe Albornoz: Bien. INVAP nace como empresa a partir de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), de un grupo de trabajo llamado Investigación Aplicada. Surge de la necesidad, según nuestros fundadores, de cerrar el espacio que existía entre la ciencia básica y la industria. La idea era crear una empresa tecnológica capaz de resolver problemas complejos y transformarlos en soluciones aplicables a la producción y al desarrollo industrial.
El nombre mismo proviene de ese grupo original de investigación aplicada que funcionaba dentro del Centro Atómico Bariloche. Desde su origen, INVAP se propuso ser un puente entre el conocimiento científico y su aplicación práctica.
Como nuestra raíz está en la Comisión Nacional de Energía Atómica, los primeros proyectos y actividades de la empresa estuvieron naturalmente vinculados al ámbito nuclear. INVAP fue fundada en 1976, cuando la Comisión ya llevaba más de veinte años de existencia, de modo que nuestra empresa se apalancó en esa experiencia acumulada y en el desarrollo previo del programa nuclear argentino.
Desde entonces, nuestro foco ha sido siempre el mismo: resolver desafíos tecnológicos a través del desarrollo de proyectos que culminen en productos, sistemas o instalaciones concretas que puedan ser utilizados con un propósito real.
El primer gran hito de INVAP fue el trabajo relacionado con el enriquecimiento de uranio. A comienzos de los años ochenta, Argentina comunicó al mundo que había alcanzado dominio propio sobre esa tecnología, y todo ese trabajo fue realizado por nuestra empresa en colaboración con la Comisión Nacional de Energía Atómica.
Luego vino otro proyecto clave: la construcción de un reactor nuclear de entrenamiento y experimentación en el Centro Atómico Bariloche, que serviría para formar recursos humanos y brindar soporte académico al desarrollo del programa nuclear argentino. Junto a la CNEA, INVAP participó en el diseño, la construcción y la puesta en marcha de ese reactor, lo que marcó nuestra primera experiencia en la creación de una instalación nuclear completa.
A partir de allí, la empresa continuó creciendo y sumando nuevos hitos vinculados al desarrollo de centrales nucleares, reactores de investigación y proyectos tecnológicos de alta complejidad, tanto en Argentina como en el exterior.
VISIÓN: Si bien Colombia dispone de un reactor de investigación, aún carece de un programa nuclear consolidado y de una política energética definida. En este contexto, y considerando los avances normativos de la Ley 466, ¿podría la experiencia que INVAP desarrolla en Uganda servir como modelo para el desarrollo del sector nuclear colombiano?
F.A: Ciertamente Colombia ya ha dado algunos pasos. El país cuenta con un pequeño reactor de experimentación, de modo que, aunque tal vez se haya reducido la actividad en los últimos años, ya existe una base sobre la cual avanzar.
Todo depende, justamente, de la misión que el país defina y de los pasos que quiera dar a futuro. Si Colombia decide ingresar en el mundo de la producción de energía eléctrica a partir de la energía nuclear, deberá seguir varias etapas para hacerlo de manera sólida y segura. Lo que estamos haciendo en Uganda, diría yo, es un proceso previo a lo que Colombia ya tiene.
Uganda ha manifestado la ambición de incorporar energía nuclear a su matriz eléctrica por diversas razones, principalmente por su necesidad de desarrollo. Es un país que crece demográficamente muy rápido y que tiene una población similar a la de Argentina o Colombia, pero en un territorio bastante más pequeño y con una producción eléctrica diez veces menor que la de Argentina.
Es decir, para una población equivalente, produce diez veces menos energía. La necesidad de ampliar su capacidad de generación es evidente.
¿Por qué hacerlo con energía nuclear? Porque sus fuentes actuales de generación eléctrica son limitadas. Su potencial hidroeléctrico ya está aprovechado casi por completo y tiene poco margen de crecimiento. No dispone de muchas otras fuentes que pueda explotar. Recientemente se han descubierto algunos recursos de petróleo y gas, pero parecen ser modestos y recién están comenzando a explotarse. Además, basar la producción eléctrica en combustibles fósiles no sería lo más adecuado desde el punto de vista ambiental.
Por eso, si quieren generar más energía, y aunque sea comprensible que intenten hacerlo con los recursos disponibles, resulta valioso que —como están haciendo— analicen cuál sería la mejor manera de producirla a largo plazo. Así surge la idea de explorar la posibilidad de instalar una planta nuclear.
Ellos son conscientes, y así lo reconocen siguiendo las recomendaciones del Organismo Internacional de Energía Atómica, de que para operar una central nuclear de potencia deben recorrer un largo camino: desarrollar infraestructura (no solo nuclear, sino también general, para dar soporte a la operación), formar recursos humanos especializados y establecer un marco legal y regulatorio claro que permita ejecutar esas políticas dentro de los estándares internacionales.
En ese contexto es donde participamos nosotros, brindándoles apoyo para el desarrollo de un Centro Nuclear de Ciencia y Tecnología en el campus de una universidad situada a unos 300 kilómetros al norte de la capital. Es un lugar muy adecuado para una instalación de este tipo, tanto por sus características físicas como por su entorno académico.
Nuestro contrato contempla dos tareas principales: por un lado, la elaboración de un estudio preconceptual de un reactor multipropósito, es decir, un reactor que pueda servir simultáneamente para la formación de personal, la investigación aplicada y la producción de radioisótopos o irradiación de materiales.
Y, por otro lado, el análisis ambiental del sitio donde estará ubicado el reactor, una condición previa indispensable antes de iniciar cualquier construcción.
Este análisis incluye el estudio de la geología, la existencia o no de napas subterráneas, el régimen de vientos, lluvias, radiación solar, temperatura y variaciones climáticas anuales. El análisis también incluye aspectos humanos: demografía, uso de la tierra, y eventos inducidos por el hombre. Todos esos factores influyen en el diseño y la seguridad de una instalación nuclear.
Ese es el paso que estamos dando con Uganda. Como decía, es un proceso anterior al que Colombia ya ha recorrido. El país cuenta con un reactor de investigación, pero si desea avanzar hacia la generación eléctrica nuclear, deberá seguir pasos similares: establecer un marco regulatorio firme, fortalecer la formación de recursos humanos especializados y evaluar las condiciones ambientales y geográficas para determinar los mejores sitios donde ubicar, en el futuro, una central de potencia. En ese sentido, sí puedo decir que el camino de Uganda ofrece un espejo útil para quienes quieran avanzar en esta dirección.
VISIÓN: Uno de los temas más discutidos en Colombia es la descarbonización de la matriz energética. En este contexto, la energía nuclear vuelve a ganar relevancia: la Unión Europea la ha reincorporado a la categoría de energía verde y, a nivel mundial, el uso masivo de la inteligencia artificial, con su enorme demanda eléctrica, está impulsando un nuevo auge nuclear. Pensando específicamente en Colombia, que aún no produce electricidad a partir de energía nuclear, ¿qué pasos debería dar el país para hacerlo en el futuro? ¿En qué horizonte de tiempo podría pensarse en la construcción de centrales de potencia? En el caso de Argentina, la generación nuclear representa cerca del 8% del total, ¿verdad?
F.A: Sí, en Argentina tenemos en operación tres centrales nucleares de potencia. La primera, Atucha I, fue inaugurada en 1974. Es pequeña comparada con las plantas más modernas: tiene una potencia de 300 megavatios.
Luego, en la década de los 80, construimos la central nuclear de Embalse, ubicada en la provincia de Córdoba, en el centro del país. Esa ya es más grande, con una potencia de unos 600 megavatios.
Y alrededor del año 2010 —no recuerdo exactamente la fecha— pusimos en marcha Atucha II, la segunda central en el sitio de Atucha, bastante más grande que las anteriores, con una potencia de 750 megavatios. Este proyecto tuvo una historia larga, estuvo congelado durante muchos años sin avances, y finalmente se logró completar gracias al esfuerzo del país, ya que la empresa proveedora, una compañía alemana, se había retirado del sector nuclear cuando Argentina decidió continuar. Esa, en resumen, es la historia de la generación nuclear en Argentina.
Volviendo a tu pregunta, me parece muy razonable que Colombia explore todas las opciones disponibles para producir energía limpia. Quemar petróleo no lo es. Entiendo, sin embargo, que los países en desarrollo recurran a todos los recursos que tienen a mano, recorriendo un camino similar al que los países industrializados han recorrido, y porque los grandes contaminadores del planeta no somos los latinoamericanos.
Pero con una visión de largo plazo, es fundamental evaluar cuáles son las fuentes limpias más adecuadas. En ese sentido, siempre decimos que la energía nuclear no compite con las renovables, sino que las complementa. Lo correcto es pensar en un mix energético que combine lo mejor de cada fuente.
La energía solar y la eólica tienen costos de instalación mucho menores que una planta nuclear, pero su vida útil y su disponibilidad también son más reducidas, y los volúmenes de generación son mucho menores. Por eso está bien desarrollar esas fuentes, pero sería un error basar todo el sistema únicamente en ellas, porque se vuelven limitadas y dependen demasiado de las condiciones climáticas.
Una central nuclear, en cambio, aporta estabilidad y grandes volúmenes de producción en un área reducida, con una densidad energética mucho mayor que la de cualquier otra fuente. Es cierto que se trata de una industria muy regulada y que las inversiones iniciales son elevadas, pero las plantas tienen una vida útil muy larga. Normalmente se diseñan para operar 40 años a plena potencia, y lo que estamos viendo en la industria es que, tras una revisión exhaustiva y con una inversión relativamente baja, esa vida puede extenderse otros 20 o 40 años más.
Eso es lo que ha sucedido en muchos países, como Estados Unidos y varios de Europa. En nuestro caso, ya realizamos la extensión de vida de la central de Embalse, que volvió a operar, y actualmente estamos ejecutando la de Atucha I.
A medida que la vida útil de una planta se prolonga, su capitalización y el retorno de la inversión aumentan significativamente, lo que la convierte en una opción cada vez más eficiente y estratégica a largo plazo.
VISIÓN: La energía nuclear ha tenido durante años una imagen negativa, asociada al miedo, especialmente entre quienes crecieron marcados por el accidente de Chernóbil en los años 80 y, más recientemente, por lo ocurrido en Fukushima. Para el público general, la palabra “nuclear” todavía genera cierto temor. ¿Qué diría usted sobre este tema y cuál es la visión de INVAP respecto de la seguridad nuclear?
F.A: La industria nuclear es, sin duda, una de las más reguladas del mundo, si no la más regulada. Debido a la enorme cantidad de energía que se genera en una planta de este tipo, existen múltiples precauciones y barreras que forman parte del propio diseño de cada instalación. Lo mismo ocurre con los reactores de investigación, todo está concebido para garantizar seguridad y control en cada etapa del proceso.
Ahora bien, entiendo que todo eso que desde la ingeniería uno puede explicar al público, decirle “quédese tranquilo, lo hacemos de manera segura”, muchas veces no alcanza. Los accidentes, aunque sean excepcionales, tienen un gran impacto emocional. Por eso, lo más importante es la comunicación: comunicar, comunicar y comunicar.
Hay que explicarle a la gente cómo se trabaja, qué medidas se toman, cuáles son los controles y, sobre todo, cuál ha sido el impacto real de la energía nuclear en el mundo. Es cierto que lo que más llega a los medios son los accidentes: Chernóbil, Three Mile Island y Fukushima. Pero estamos hablando de tres accidentes en más de 70 años de energía nuclear civil, con cientos de reactores operando en distintos países y millones de horas de funcionamiento sin inconvenientes.
Esa es una perspectiva que suele perderse. Es una cuestión de estadística y de contexto, pero lo que realmente genera confianza no son los números, sino la transparencia. Por eso insisto, la única receta es comunicación constante y clara con la sociedad.
Eso mismo hacen los países que más dependen de la energía nuclear. Francia, por ejemplo, genera alrededor del 70 por ciento de su electricidad mediante reactores nucleares. Tiene más de 50 en operación y su población convive con ellos sin problema. Estados Unidos es el país con mayor cantidad de reactores en servicio, alrededor de 90, y China está experimentando un crecimiento acelerado. Tiene más de 50 en operación y más de 20 en construcción, con la meta de convertirse hacia 2030 o 2040 en el país con más reactores en funcionamiento, incluso por encima de Estados Unidos.
La experiencia internacional demuestra que la energía nuclear puede utilizarse de forma segura, estable y sin impactos negativos para la población, siempre que existan tres elementos fundamentales: un marco regulatorio sólido, un organismo de control independiente que supervise su cumplimiento, y un operador responsable que mantenga sus instalaciones bajo los más altos estándares.
Eso es lo que se hace, y se hace bien, en muchos lugares del mundo. Y como mencionabas, en el contexto geopolítico actual hay un consenso creciente: la energía nuclear debe formar parte de la solución global para producir electricidad libre de carbono. De lo contrario, los niveles de contaminación del planeta seguirán aumentando sin una alternativa real que garantice estabilidad y sostenibilidad.
Escuchar al Ing. Felipe Albornoz hablar de INVAP deja una impresión clara: la ciencia aplicada no es un privilegio de las potencias, sino una herramienta que, bien gestionada, puede transformar la realidad de cualquier nación. Desde un rincón de la Patagonia, Argentina logró consolidar una empresa estatal capaz de competir con los grandes referentes tecnológicos del mundo, exportando conocimiento y soluciones de altísimo nivel.
INVAP es la prueba viva de que América Latina puede construir su propio destino científico. En sus laboratorios, la innovación no se mide solo en reactores o satélites, sino en la capacidad de un país de creer en su talento y sostenerlo en el tiempo. Su historia demuestra que, cuando la ciencia se convierte en política de Estado y la visión trasciende los gobiernos, el conocimiento puede transformar montañas en futuro.
Quizá esa sea la lección más valiosa para naciones como Colombia: entender que el átomo no encierra temor, sino potencial. Y que, al igual que en el caso argentino, el verdadero desarrollo comienza cuando la ciencia deja de ser promesa para convertirse en proyecto de país.