El cartel de los soles
Este jueves 6 de noviembre se cumplen 40 años de la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19. Lo único que el paso del tiempo deja claro es que el comunismo nunca ha funcionado; siempre termina en dictaduras tipo monárquicas que se vuelven irreversibles.
Cuba, cuando llegó la revolución con Fidel Castro y el Che Guevara, era una de las mejores economías del continente. Era un puteadero para gringos y europeos, es verdad; pero una prostituta fina cobraba hasta 5.000 dólares por noche en un prestigioso cabaret. Hoy las nietas de ellas, bajo la revolución, hacen lo mismo: por un jean o por 20 dólares, lo hacen de rapidez en la incomodidad de las murallas.
La China de Deng Xiaoping se recuperó gracias al capitalismo americano y a que dejó de sostener naciones parásitas como Cuba; hoy es una potencia, es la tienda del mundo. La diferencia con EE. UU. es que allí funciona una dictadura.
Pablo Escobar Gaviria, quien negoció hace 40 años con el M-19 la toma y destrucción del Palacio de Justicia, dijo en ese entonces: “A nadie le gusta más el dinero en efectivo que a un hombre de izquierda”, y parece que eso no ha cambiado mucho. Solo hay que echar un ligero vistazo al proceso que involucra al hijo del presidente, Nicolás Petro, y a los actos de corrupción de este gobierno. Escobar, que sí sabía de efectivo, tenía toda la razón.
Cuando Hugo Chávez le ordenó al Pollo Carbajal crear una infraestructura criminal que le permitiera financiarse llevándole drogas a los EE. UU. y Europa, dando origen al Cartel de los Soles, le explicó en detalle que a él le interesaban los pobres con esperanzas, porque ellos iban a ser leales y siempre votarían por él y lo mantendrían en el poder; por esa razón era necesario destruir la economía formal. El negocio les duró un buen rato.
El problema es que a los comunistas les encanta la buena vida y por ahí terminan cayendo.
Gabriela Chávez, hija de Hugo Chávez, vive en Nueva York a todo lujo; posee cerca de 10.000 millones de dólares en bancos americanos y en el banco del Vaticano.
Se supone que, como representante del comunismo-progresismo, debería vivir en La Habana.
Trazabilidad es la palabra que generará un lío mayúsculo para ella y para muchos presidentes y expresidentes progresistas, como Daniel Ortega, Gustavo Petro y Rafael Correa, que supuestamente recibieron dineros bolivarianos en su campaña. Ahora, que capturen a Maduro y el pajarito que llevan dentro comience a cantar.
Ahora que Trump sabe la verdad —que el Cartel de los Soles nació junto con la revolución bolivariana, porque para la dictadura venezolana era más fácil producir cocaína que refinar petróleo y además generaba más recursos— va a ser muy difícil demostrar que esos dineros provienen del petróleo y no de la cocaína.
Ya Petro no podrá defender a esos pobres pescadores que salen a pescar en aguas internacionales en un submarino, o en lanchas rápidas de seis motores; ahora los llama obreros del narcotráfico. ¿Quién va a llevar a terapias psicológicas a los muchachos del Tren de Aragua porque les falta mucho amor?
Gabino y Antonio García, jefes del ELN, que aspiraban a morirse de viejos, ya no están tan seguros de regresar al Catatumbo huyendo de los marines que les dañaron su paraíso en Caracas. Les tomaron del pelo a los últimos seis presidentes colombianos y a los gringos durante casi 20 años, y ahora van a pagar las consecuencias. Al ejército norteamericano no lo van a secuestrar como lo hacían con el humillado ejército colombiano, al que Petro les amarró las manos y les silenció los fusiles.
Los norteamericanos van a venir a realizar las tareas que Petro no solo no hizo, sino que, según fuentes americanas, saboteó. Van a bombardear los cárteles de droga, precisamente a lo que más le temen las narcoguerrillas colombianas. Llegaron y se van a quedar con su flotilla de buques hasta que terminen su tarea, y ni por tierra, mar ni aire ingrese un gramo de cocaína a suelo norteamericano. El día que eso suceda abandonan el Caribe; mientras tanto seguirán pulverizando lanchas y submarinos cargados de coca que intercepten en alta mar. Y les importa un pepino lo que diga la ONU y los gobiernos progresistas; bueno, a estos tampoco les importó que los ciudadanos gringos se murieran de sobredosis.