Tiempos modernos, versión 2025

En 1936, Charles Chaplin demostró que bastaba un tornillo para entender el capitalismo. En Tiempos Modernos, su personaje gira una tuerca tras otra hasta confundirse con la máquina que alimenta. Es la comedia más triste de la historia: el hombre que pierde el ritmo y es tragado por el progreso. Aquella cinta parecía una exageración, una sátira de una época que ya habíamos superado. Qué alivio. Hasta que el engranaje volvió… esta vez disfrazado de algoritmo.

Con el tiempo, la fábrica de acero se convirtió en la fábrica de silicio. Los obreros cambiaron la grasa por el café, los guantes por teclados, y las sirenas de turno por notificaciones. Pero la esencia es la misma: un ejército de personas sincronizadas al compás de una máquina. Chaplin giraba pernos; nosotros deslizamos pantallas. Y si él era vigilado por un capataz, hoy lo somos por un sistema de seguimiento de productividad con inteligencia artificial (una especie de ojo divino que nunca parpadea).

Esto es muy parecido a lo que está ocurriendo hoy. Las grandes empresas tecnológicas despiden en masa mientras anuncian que están “creando el futuro”. Curioso futuro ese en el que cada avance deja a más gente en el pasado. En nombre de la eficiencia, miles de empleados han sido reemplazados por programas que no comen, no duermen y, lo mejor de todo, no piden aumento. Los ejecutivos sonríen en las conferencias y aseguran que “la IA no quitará empleos, los transformará”. Traducido: “sus empleos ya no existen, pero tranquilos, habrá nuevos… en otro planeta.”

Es cierto que esto ha pasado antes. Cada revolución tecnológica trajo su oleada de despidos, pánico y promesas. Los tejedores destruyeron los telares, los granjeros odiaron al tractor, los telefonistas juraron que su trabajo era irremplazable. Pero hay una diferencia: esta vez todo se mueve al mismo tiempo. No hay un sector protegido ni un oficio intocable. Desde el operario hasta el programador, todos comparten la misma sensación de vértigo. Nunca antes la humanidad entera había estado en la línea de montaje. Y esta vez, la máquina no necesita aceite, sino datos.

No es sorpresa. Se imprime dinero, se gasta en IA, se reduce la fuerza de trabajo humana. Se reemplaza la mano con el algoritmo. Por absurdo que parezca, esto es crucial: la automatización no solo cambia tareas, cambia jerarquías. Lo que antes se llamaba “capital humano” ahora se llama “costo de actualización”. La tecnología, dicen, está para “liberarnos del trabajo pesado”. Claro, del nuestro. No del suyo.

En medio de este entusiasmo cibernético vale recordar a Jacque Fresco, aquel ingeniero social que propuso una idea radical: una economía basada en recursos (no en dinero) donde la tecnología sirviera a las personas y no al revés. Fresco, etiquetado de soñador, fue el primero en advertir que si el sistema monetario seguía guiando la innovación, toda máquina acabaría utilizada para abaratar al ser humano. En su Proyecto Venus imaginó un mundo donde las máquinas produjeran abundancia, reduciendo el trabajo obligatorio y ampliando el tiempo de vida creativa. Suena utópico, pero más utópico es creer que el actual modelo nos salvará.

Fresco sostenía que no hay “crisis tecnológica”, sino crisis moral. Que el problema no es lo que las máquinas pueden hacer, sino lo que nosotros hacemos con ellas. Si el conocimiento está al servicio de la codicia, la inteligencia artificial no será más que una fábrica automática de desigualdad. Y si la automatización pertenece a unos pocos, la humanidad entera trabajará gratis para las máquinas que no la necesitan.

La pregunta es inevitable: ¿será el futuro amable con los humanos o se parecerá a Elysium, esa película donde la elite vive en un paraíso orbital mientras el resto arregla los escombros de la Tierra? La retórica empresarial asegura que la IA “nos empoderará”. Sí, claro, como empodera una trituradora a quien cae dentro. La verdad es que el discurso del progreso suena cada vez más a sarcasmo: hablan de inclusión digital mientras firman despidos; celebran el fin del trabajo repetitivo mientras repiten los mismos errores de siempre.

La salida no está en temer a la IA (eso sería inútil) sino en domesticarla moralmente. Formar nuevas generaciones en aquello que las máquinas no pueden simular (empatía, creatividad, juicio). Exigir que los gobiernos regulen no para proteger a las empresas, sino a las personas. Y entender, de una vez, que no hay progreso si no hay propósito.

Chaplin, al final de Tiempos Modernos, camina por la carretera junto a la mujer que ama. Lo ha perdido todo, menos la esperanza. Quizá esa sea la lección más irónica de todas: en un mundo que idolatra la eficiencia, la única herramienta que todavía no puede ser automatizada es la esperanza. Y mientras los algoritmos aprenden a pensar, nosotros tendremos que recordar cómo sentir. Porque el futuro puede ser brillante o insoportable, pero lo que no puede ser, por mucho que lo intenten, es inhumano.

Author

Samuel Mémoli

Periodista, creador de contenidos editoriales y corresponsal de prensa.