La victoria de Kast en Chile consolida otro triunfo de la derecha global
La llegada de José Antonio Kast a la presidencia de Chile no fue un accidente ni una sorpresa. Fue, más bien, la confirmación de una corriente política que viene tomando forma desde hace años y que atraviesa continentes, lenguajes y culturas políticas distintas. “Nuestras ideas ya ganaron en Estados Unidos, ganaron en Italia y ganaron en Argentina”, dijo Kast en una entrevista radial chilena poco después de la asunción de Donald Trump en enero. “Ahora nos toca a nosotros”. Tenía razón.
El domingo, en su tercer intento presidencial, Kast obtuvo una victoria contundente con el 58% de los votos, derrotando a su rival de izquierda y desplazando decididamente al país hacia la derecha. Chile, un país que durante décadas fue presentado como un modelo de estabilidad institucional en América Latina, optó por una promesa de orden, mano dura y fronteras selladas en un contexto marcado por el aumento de la criminalidad y la inmigración irregular.
Padre de nueve hijos, de formación católica conservadora y defensor del neoliberalismo económico, Kast encarna un perfil que hoy se repite en distintos puntos del mapa global: líderes que ofrecen seguridad como valor supremo, aun a costa de tensar los límites del liberalismo democrático. Su discurso de victoria fue revelador. “Chile no puede acostumbrarse al miedo”, afirmó. “Chile volverá a ser un país libre del crimen”.
El lema “Chile primero”, eco directo del America First trumpista, no es casual. Kast prometió construir barreras físicas en la frontera norte, por donde en los últimos años ingresaron decenas de miles de migrantes venezolanos, y anunció ultimátums de autoexpulsión o deportación forzada. La inmigración y la seguridad no solo estructuraron su campaña: fueron el lenguaje emocional con el que logró conectar con una ciudadanía exhausta.
Su ascenso no se explica solo por factores internos. Kast es parte de una red ideológica transnacional. Este año participó en la cumbre de la Conservative Political Action Conference en Hungría, donde elogió al primer ministro Viktor Orbán y criticó el multiculturalismo y la corrección política. También sostuvo reuniones con autoridades de El Salvador, el país gobernado por Nayib Bukele, cuyo encarcelamiento masivo de presuntos pandilleros ha generado tanto admiración como fuertes denuncias por violaciones a los derechos humanos. “Algunas de esas ideas podrían aplicarse en Chile”, admitió Kast.
Pero, según su entorno, el vínculo más estrecho no es con Trump ni con Bukele, sino con Giorgia Meloni. Como la primera ministra italiana, Kast pasó de ser un candidato marginal, considerado demasiado extremo, a una figura capaz de captar al electorado moderado. Al igual que Meloni, suavizó su discurso en campaña: dejó en segundo plano su oposición al aborto, la píldora del día después y el matrimonio igualitario, y concentró el mensaje en seguridad, empleo y crecimiento económico.
Esa estrategia fue clave. En un país golpeado por el ingreso de redes criminales internacionales y por un aumento sostenido de los homicidios, la seguridad se convirtió en la principal preocupación ciudadana. Kast recorrió las zonas más afectadas por el crimen, prometió medidas drásticas y habló sin rodeos de deportaciones y control territorial. “Entendió muy temprano qué era lo que estaba volviendo locas a las personas”, explicó el politólogo chileno Claudio Fuentes.
Sin embargo, su relación con la historia reciente de Chile sigue siendo un punto de tensión. Kast proviene de una familia marcada por el pasado autoritario: su padre combatió en el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial y su hermano fue ministro durante la dictadura de Augusto Pinochet. Aunque Kast reconoce las violaciones a los derechos humanos, ha sostenido en el pasado que el régimen militar “hizo cosas buenas”, especialmente en el plano económico.
Esa ambigüedad no parece haberle pasado factura. De hecho, encuestas recientes muestran un cambio inquietante en la memoria colectiva chilena: disminuye el número de ciudadanos que condenan sin matices la dictadura y crece la idea de que tuvo “luces y sombras”. “Necesitamos mano dura, como cuando estaba Pinochet”, dijo una votante de Kast en el norte del país. No es una frase aislada, sino un síntoma.
Durante la campaña, Kast evitó cuidadosamente referencias explícitas al régimen militar. El énfasis estuvo puesto en el presente: crimen, migración, presupuesto público. Ha prometido recortar el gasto del Estado —aunque sin detallar qué partidas— y gobernar en un contexto que él mismo definió como una “emergencia nacional”.
En su discurso de victoria llamó a la unidad y prometió ser “el presidente de todos los chilenos”. Sus críticos, sin embargo, dudan de que el tono moderado sea algo más que una táctica transitoria. “Todos sabemos quién es”, resumió un exparlamentario socialista que compartió años con Kast en el Congreso.
La victoria de Kast no es solo un giro político interno. Es una señal más de que el péndulo global sigue moviéndose hacia liderazgos que ofrecen orden frente al caos, identidad frente a la diversidad y fuerza frente a la deliberación. Chile, una vez más, se convierte en laboratorio. Esta vez, no de reformas progresistas, sino del nuevo conservadurismo que avanza, silencioso pero decidido, en gran parte del mundo.