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El acuerdo que redefine a la Argentina que viene

Hay acuerdos que se firman desde la ambición y otros que se firman desde el cansancio. El Acuerdo de Comercio e Inversión Recíproca entre Estados Unidos y la República Argentina, recientemente rubricado, pertenece sin demasiadas dudas a esta segunda categoría. No nace de un momento de fortaleza, ni de una visión estratégica compartida y largamente elaborada, sino de una urgencia: estabilizar, ordenar, normalizar. En otras palabras, cerrar una etapa de inestabilidad crónica aunque el costo sea alto y, sobre todo, diferido.

Desde el discurso oficial, el acuerdo fue presentado como una señal de madurez, previsibilidad y regreso al mundo. Desde el análisis técnico, como un tratado moderno, alineado con estándares globales, capaz de atraer inversiones y reducir fricciones comerciales. Todo eso es parcialmente cierto. Lo que rara vez se dice, y casi nunca se escribe, es qué tipo de país presupone este acuerdo, qué tipo de economía privilegia y, sobre todo, qué tipo de sociedad deja sin respuesta.

Porque el problema central del acuerdo no es lo que promete, sino lo que presupone: que el principal obstáculo al desarrollo argentino ha sido la falta de reglas claras; que la inserción internacional es, por sí misma, un motor suficiente de crecimiento; que la disciplina externa puede sustituir la política interna; y que el conflicto social es un efecto colateral administrable del orden macroeconómico.

Nada de eso está garantizado. Y la historia argentina, y latinoamericana, ofrece suficientes razones para desconfiar.

El primer error de lectura consiste en asumir que Argentina negoció este acuerdo desde una posición simétrica. No fue así. Estados Unidos no necesitaba este tratado para crecer, exportar ni atraer inversiones. Argentina sí. Esa asimetría atraviesa todo el texto, aunque no siempre sea explícita.

Estados Unidos no modifica sustancialmente su estructura productiva ni su marco regulatorio. Argentina sí. Estados Unidos no renuncia a instrumentos clave de política económica. Argentina sí. Estados Unidos no compromete su autonomía estratégica. Argentina sí. El acuerdo no es un intercambio equilibrado de concesiones, sino un proceso de adaptación unilateral a un marco externo ya consolidado.

Esto no lo vuelve ilegítimo. Lo vuelve costoso.

Durante años, Argentina sostuvo una ilusión persistente: la de poder jugar simultáneamente a la autonomía retórica y a la dependencia práctica. Defender la soberanía mientras se dependía del financiamiento externo; denunciar al “imperialismo” mientras se buscaba desesperadamente el aval de los mercados; prometer desarrollo endógeno mientras se desmantelaban capacidades productivas internas. Ese doble discurso se agotó. El acuerdo con Estados Unidos no lo disimula: elige un anclaje claro y renuncia a la ambigüedad.

Pero elegir un anclaje no equivale automáticamente a construir un proyecto.

Reducir el acuerdo a un tratado comercial es, en el mejor de los casos, ingenuo. En realidad, se trata de una reingeniería profunda del rol del Estado argentino. El texto no solo regula flujos de bienes y servicios; regula procedimientos administrativos, criterios regulatorios, estándares técnicos, mecanismos de control, políticas laborales, ambientales y digitales.

Argentina se compromete a aceptar certificaciones extranjeras sin validaciones locales adicionales; a armonizar normas sanitarias, técnicas y de seguridad; a transparentar y justificar cada regulación nueva; a abrir procesos de consulta pública; a revisar periódicamente sus propias normas; y a someterse a mecanismos de cooperación y eventualmente de sanción externa.

En términos prácticos, esto implica que la política regulatoria deja de ser un instrumento de desarrollo y pasa a ser una variable de cumplimiento. El Estado ya no regula para orientar, proteger o promover sectores; regula para no interferir. El margen para usar la norma como palanca económica se reduce drásticamente.

Esto no es un detalle técnico. Es una decisión política de largo alcance.

Durante décadas, incluso en sus versiones más erráticas, el Estado argentino conservó una herramienta clave: la capacidad de intervenir, corregir, proteger o impulsar sectores productivos según coyunturas internas. Esa capacidad fue usada muchas veces de forma discrecional, ineficiente o clientelar, pero existía. El acuerdo la limita severamente. A cambio, ofrece previsibilidad y confianza externa. El dilema es evidente: orden hoy a cambio de rigidez mañana.

Uno de los grandes silencios del acuerdo es la transición productiva. El texto asume que la economía se adaptará sola, que los sectores competitivos crecerán y que los no competitivos se reconvertirán o desaparecerán. Esa lógica puede funcionar en economías con mercados laborales flexibles, sistemas de protección social robustos y políticas activas de reconversión. Argentina no cumple ninguna de esas condiciones.

La apertura selectiva que impulsa el acuerdo no viene acompañada de mecanismos de adaptación. No hay fondos de reconversión industrial. No hay programas de transición laboral masiva. No hay políticas territoriales para amortiguar impactos regionales. No hay una estrategia explícita para las PyMEs que no pueden competir en escala, financiamiento o estándares.

La consecuencia probable no es un colapso inmediato, sino un proceso más silencioso y persistente: desindustrialización selectiva, cierre de empresas medianas, pérdida de empleo formal urbano y creciente dependencia de sectores primarios o extractivos.

Esto no es una hipótesis ideológica. Es lo que ocurrió en experiencias comparables cuando la apertura fue más rápida que la capacidad de adaptación interna.

El acuerdo define con bastante precisión qué sectores se benefician. Y el patrón es claro: sectores intensivos en capital, orientados a exportación y con bajo impacto en empleo directo.

La agroindustria exportadora es uno de los principales ganadores. No por los cupos en sí, sino por la armonización sanitaria y regulatoria que reduce costos, elimina fricciones y facilita el comercio. Grandes frigoríficos, exportadores de economías regionales integradas, productores con escala y trazabilidad salen fortalecidos. El pequeño productor orientado al mercado interno, no.

La minería y la energía constituyen otro eje central. Litio, cobre, hidrocarburos y minerales críticos aparecen como sectores estratégicos, no solo económicos sino geopolíticos. El acuerdo facilita inversiones, acelera proyectos y prioriza a Estados Unidos como socio. El problema es que estos sectores generan altos ingresos y bajo empleo, concentran renta y suelen profundizar conflictos territoriales y ambientales.

La economía digital y los servicios basados en conocimiento también resultan beneficiados. Libre flujo de datos, ausencia de impuestos digitales discriminatorios, reconocimiento de firmas electrónicas y prohibición de transferencias forzadas de tecnología crean un entorno favorable para grandes plataformas, fintechs y empresas globales. El impacto fiscal es negativo; el impacto en empleo es positivo pero limitado y altamente calificado.

En todos los casos, el patrón se repite: crecen los sectores que ya eran competitivos o integrables al mercado global; se debilitan los que dependían de protección, mercado interno o políticas activas.

Si hay algo que el acuerdo no aborda de manera explícita es el impacto social. El texto habla de estándares laborales, pero no de empleo. Habla de competitividad, pero no de salarios. Habla de eficiencia, pero no de desigualdad.

La experiencia histórica sugiere que este tipo de reordenamientos productivos no destruyen empleo de forma inmediata, pero sí lo transforman de manera regresiva. Se pierden puestos industriales relativamente bien remunerados y se crean empleos más precarios en servicios de bajo valor agregado. El resultado no es una crisis visible, sino una erosión lenta del ingreso medio.

Territorialmente, el impacto es aún más claro. Las regiones exportadoras y extractivas ganan centralidad. Las ciudades industriales intermedias, las economías locales orientadas al mercado interno y los territorios sin ventajas comparativas globales quedan rezagados. El país se vuelve más desigual en términos regionales, no menos.

Esta fragmentación territorial tiene consecuencias políticas profundas. Alimenta resentimientos, debilita consensos y vuelve más difícil cualquier proyecto nacional integrador. El acuerdo no lo causa, pero lo acelera.

El capítulo geopolítico del acuerdo es uno de los más reveladores. Argentina se compromete a coordinar políticas de exportación, controles tecnológicos, sanciones y alineamientos estratégicos con Estados Unidos. Esto no es solo comercio. Es política exterior condicionada.

En un mundo crecientemente fragmentado, donde los shocks externos son frecuentes y la competencia entre bloques se intensifica, perder margen de maniobra puede ser costoso. La estabilidad que ofrece el anclaje con Estados Unidos tiene un precio: menor capacidad de diversificar alianzas, menor autonomía en decisiones sensibles y mayor exposición a conflictos que no se originan en intereses nacionales directos.

El acuerdo descansa sobre un supuesto fuerte: que el principal problema argentino ha sido el desorden, y que una vez corregido, el desarrollo seguirá casi automáticamente. Es una hipótesis tentadora. También es incompleta.

El orden macroeconómico es condición necesaria, pero no suficiente. Sin políticas productivas activas, sin inversión en capacidades internas, sin mecanismos de redistribución y sin un proyecto social explícito, el orden puede coexistir con estancamiento, desigualdad y frustración.

El acuerdo no garantiza desarrollo. Garantiza reglas. Confundir ambas cosas es un error histórico que Argentina ya cometió más de una vez.

Tal vez el mayor riesgo del acuerdo no sea económico ni comercial, sino temporal. Argentina compra estabilidad en el corto plazo a costa de flexibilidad futura. Se ata a un marco que reduce su capacidad de experimentar, corregir o redefinir políticas cuando el contexto cambie. Y el contexto global cambia rápido.

Este acuerdo marca el final de una ilusión persistente: la de que Argentina podía evitar decisiones estructurales mediante equilibrios retóricos. Esa ilusión se terminó. El país eligió un camino. Eso, en sí mismo, puede ser positivo. Lo que aún no está claro es si ese camino conduce a un desarrollo inclusivo o a un orden excluyente.

El acuerdo no es una traición ni una salvación. Es una apuesta. Una apuesta riesgosa, firmada desde la urgencia, que ordena mucho pero promete poco en términos sociales. El desafío no es celebrarlo ni demonizarlo, sino reconocer su costo real y discutir cómo mitigarlo.

Porque si algo enseña la historia argentina es que los acuerdos que no se acompañan de política, tarde o temprano, terminan siendo administrados por el conflicto.

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VISIÓN, La Revista Latinoamericana

Lo más relevante de la economía, la política y los movimientos sociales de las naciones de habla hispana de este continente, es analizado por los más renombrados periodistas y columnistas que viven a diario estos cambios en sus respectivos países. VISIÓN le ofrece cada 30 días el punto de vista latinoamericano, de los sucesos más importantes que ocurren en nuestro continente.