¿A qué juega la derecha: a ganar el rumbo del país o a perder las elecciones?
En la política colombiana hay momentos en los que la principal batalla no se libra entre proyectos opuestos, sino dentro de los mismos sectores que aspiran al poder. Eso parece estar ocurriendo hoy en la derecha. La aparente competencia entre Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella por consolidarse como segunda fuerza en intención de voto está produciendo un efecto que muchos prefieren ignorar: termina beneficiando directamente a Iván Cepeda.
No se trata solamente de cifras. Se trata de dinámica política, de percepción ciudadana y de estrategia electoral. Cuando un sector dedica más tiempo a disputarse el liderazgo interno que a construir una alternativa seria frente a su principal rival, el beneficiado suele ser quien observa desde la distancia mientras los demás se desgastan.
El primer problema es evidente. Dos candidaturas que buscan al mismo votante inevitablemente se restan entre sí. Tanto Paloma Valencia como Abelardo de la Espriella apuntan a un electorado similar: conservadores, uribistas, independientes inconformes con la izquierda, ciudadanos preocupados por la seguridad y sectores que reclaman crecimiento económico con autoridad institucional. Pero cuando dos campañas buscan el mismo nicho con discursos cercanos, el resultado no es expansión, sino división.
En vez de surgir una figura sólida capaz de encarnar una oposición fuerte, aparecen dos proyectos que se neutralizan mutuamente. Cada punto que sube uno puede ser un punto que pierde el otro. Cada avance individual debilita la posibilidad de una candidatura robusta. Mientras tanto, Cepeda no necesita crecer de manera acelerada. Le basta con mantener una base cohesionada mientras sus contradictores se fragmentan.
Hay además otro factor que suele ser más destructivo: el desgaste mutuo. En política, las heridas internas suelen dejar más marca que los ataques externos. Cuando dos figuras compiten por el mismo espacio, terminan enfrentándose con una intensidad que deteriora no solo sus campañas, sino la imagen general del sector que representan.
Se cuestionan trayectorias, preparación, experiencia, credibilidad, firmeza ideológica y capacidad de gobernar. El ciudadano que observa desde afuera no siempre distingue entre matices. Muchas veces percibe el conjunto. Y lo que empieza a ver es una derecha dividida, ansiosa, incapaz de ordenar sus liderazgos antes siquiera de llegar al poder.
Eso tiene consecuencias directas en una eventual segunda vuelta. Aunque cualquiera de los dos pudiera clasificar para enfrentar a Cepeda, llegaría probablemente con fracturas difíciles de reparar. Los votantes más radicales de una candidatura no siempre transfieren su respaldo al rival interno que terminó imponiéndose. Algunos se abstienen, otros votan en blanco y otros simplemente se desmovilizan.
En una elección cerrada, esa falta de entusiasmo puede ser decisiva. No basta con sumar apoyos en el papel; hay que movilizarlos en las urnas. Y una base resentida rara vez pelea con fuerza por una causa que sintió ajena.
Las redes sociales agravan todavía más el problema. Influencers, activistas digitales y cuentas cercanas a cada candidatura han trasladado la disputa al terreno virtual. En vez de construir un discurso común frente a Cepeda, dedican buena parte de su energía a desacreditar al otro sector de la derecha.
Se crean trincheras digitales donde la lealtad al candidato importa más que la estrategia colectiva. Los ataques internos se vuelven incluso más agresivos que los dirigidos al verdadero rival electoral. Cada bando intenta destruir al otro con tal de ganar la primaria informal de opinión. Y mientras tanto, Cepeda queda fuera del centro del fuego cruzado.
Eso conecta con un punto clave: la pérdida del relato. En política no solo importa tener propuestas, también importa proyectar orden, liderazgo y dirección. Quien parece atrapado en conflictos internos transmite debilidad. Quien se muestra sereno y enfocado transmite autoridad.
Hoy la derecha corre el riesgo de aparecer como un espacio absorbido por egos, cálculos y rivalidades personales. Cepeda, en contraste, puede proyectarse como una figura más estable, más consistente y menos dispersa. No necesariamente por méritos extraordinarios propios, sino por errores ajenos.
La pregunta entonces es inevitable: ¿a qué juega la derecha? ¿A construir una opción real de poder o a repetir el viejo error de dividirse hasta regalar la elección? Porque mientras unos concentran sus esfuerzos en definir quién queda de segundo, otro puede ir asegurando silenciosamente el primer lugar.
La política colombiana ha demostrado muchas veces que las elecciones no siempre las gana el más fuerte. Con frecuencia las gana el que entiende mejor el momento. Y en este momento, si la derecha no corrige el rumbo, puede terminar descubriendo demasiado tarde que la pelea interna tuvo un único vencedor: Iván Cepeda.