EN BRASIL HAY MÁS EN JUEGO QUE LULA O BOLSONARO
Brasil vuelve este domingo a las urnas en una de esas jornadas en que la atención del mundo parece concentrarse en dos hombres, aunque lo que esté realmente en juego sea bastante más grande que cualquiera de ellos. Luiz Inácio Lula da Silva, que a los 80 años aspira a continuar en la Presidencia, llega al 4 de octubre frente al senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro y principal candidato de la derecha. Las últimas encuestas muestran una lucha estrecha y hacen posible que los brasileños tengan que votar nuevamente el 25 de octubre para conocer definitivamente quién ocupará el Palacio del Planalto durante los próximos cuatro años.
Sería, sin embargo, un error pensar que Brasil elegirá solamente a su presidente. Mientras los carteles, los discursos y las discusiones familiares se dividen una vez más alrededor de los nombres de Lula y Bolsonaro, millones de electores decidirán también quiénes gobernarán los estados y, sobre todo, qué clase de Congreso deberá acompañar (o contener) al próximo mandatario. Los 513 puestos de la Cámara de Diputados estarán en disputa y el Senado renovará 54 de sus 81 bancas, exactamente dos tercios de la Cámara Alta. Pocas veces la elección parlamentaria ha tenido tanta importancia para comprender lo que podrá ocurrir al día siguiente de la elección presidencial.
Porque en Brasil ganar la Presidencia nunca ha significado poseer todo el poder necesario para gobernar. La extensión del país, sus grandes diferencias regionales y un sistema de partidos sumamente fragmentado obligan a los gobiernos a formar coaliciones que suelen extenderse mucho más allá de las alianzas hechas durante la campaña. El presidente puede recibir decenas de millones de votos y descubrir, al llegar a Brasilia, que para aprobar una ley, modificar un impuesto, organizar el presupuesto o impulsar una reforma debe volver a conquistar votos, esta vez entre diputados y senadores.
Eso ocurrirá con Lula si obtiene otro mandato y también con Flávio Bolsonaro si logra sucederlo. Según el análisis publicado por el Atlantic Council antes de la elección, la Cámara de Diputados probablemente continuará teniendo una fuerte presencia de partidos de centro y centroderecha acostumbrados a una política más práctica que ideológica, mientras que el Senado aparece como el terreno donde podría producirse una modificación más visible en la relación de fuerzas. La derecha y la centroderecha podrían aumentar allí su representación, aunque una mayor presencia conservadora no significaría por sí sola que un eventual gobierno de Bolsonaro dispusiera de mayoría propia.
El otro poder que se elige
Esta peculiaridad brasileña ayuda a explicar por qué las elecciones para diputados y senadores resultan esta vez casi inseparables de la presidencial. Un Lula reelegido tendría que negociar con un Congreso probablemente situado políticamente a su derecha en numerosos asuntos. Un Flávio Bolsonaro victorioso tendría asimismo que entenderse con partidos cuyos legisladores pueden coincidir con él en seguridad, valores sociales o reducción del papel del Estado, pero no necesariamente en la distribución del presupuesto, los intereses de cada estado o las relaciones del Ejecutivo con el Legislativo.
La política brasileña suele adquirir allí un tono menos dramático que el de las grandes campañas. En las plazas se discuten ideas y presidentes; en Brasilia se cuentan votos, bancas, comisiones y partidas presupuestarias. Entre una cosa y otra existe una distancia que todo presidente brasileño termina aprendiendo.
Y esta vez habrá otro elemento. El Senado que nazca de las elecciones del domingo no solamente decidirá sobre leyes. Deberá pronunciarse sobre nombramientos para algunas de las instituciones más importantes del país. Reuters ha señalado que el próximo presidente tendrá una oportunidad poco habitual de influir en organismos centrales del Estado debido a las vacantes previstas o acumuladas en instituciones que incluyen el Supremo Tribunal Federal, el Banco Central y distintos entes reguladores. A la vez, el Congreso ha ganado durante los últimos años un peso considerable sobre el presupuesto y la agenda política nacional.
De allí que los 54 senadores elegidos este domingo puedan terminar teniendo una importancia que el elector no percibe necesariamente cuando introduce sus números en la urna electrónica. Brasil renueva dos tercios del Senado cada ocho años en este tipo de elección y conserva el tercio elegido cuatro años antes. La Constitución ha querido que la Cámara Alta cambie por partes; las circunstancias de 2026 harán que esa renovación parcial pueda modificar de manera considerable el escenario político de los próximos años.
El Supremo entra en campaña
Hay todavía un tercer protagonista que no aparece formalmente en ninguna papeleta: el Supremo Tribunal Federal.
Durante años, el STF ha ocupado un lugar cada vez más visible en la vida política brasileña. Decisiones relacionadas con expresidentes, investigaciones criminales, elecciones, derechos políticos y conflictos entre poderes han llevado a sus ministros desde el terreno relativamente discreto de los tribunales hasta el centro de la discusión pública. La elección de 2026 llega, además, cuando el caso Banco Master ha aumentado nuevamente la presión sobre la Corte.
El expediente se originó alrededor del fallido Banco Master y de su antiguo propietario, Daniel Vorcaro, y ha abierto investigaciones sobre posibles irregularidades y relaciones que alcanzan distintos ámbitos del poder brasileño. En septiembre, el pleno del STF suspendió la discusión sobre la tramitación conjunta de dos peticiones relacionadas con el caso después de un pedido de vista del ministro Flávio Dino; días más tarde, Dino ordenó a la Policía Federal investigar posibles delitos e interferencias indebidas en la actuación de la Comisión de Valores Mobiliarios vinculadas al caso. Las investigaciones continúan y las eventuales responsabilidades corresponden todavía a los procedimientos judiciales.
Pero el efecto político ya existe.
Una encuesta de Datafolha publicada en septiembre encontró que el 48 por ciento de los electores decía no confiar en el Supremo, el nivel más alto desde que comenzó la serie en 2012. Otro estudio del mismo instituto encontró posteriormente que el 47 por ciento calificaba negativamente el desempeño de sus ministros. Las opiniones, como casi todo en el Brasil actual, se encuentran fuertemente divididas según las preferencias electorales.
No resulta extraño, por eso, que una institución cuyos miembros no son elegidos se haya convertido también en tema de una elección popular. El presidente de Brasil propone los nombres de los nuevos ministros del Supremo, pero corresponde al Senado examinarlos y aprobarlos. Así, el elector que este domingo escoja a dos senadores estará participando indirectamente en una decisión que puede influir sobre la composición futura del tribunal.
La relación entre Presidencia, Congreso y Supremo será, por tanto, una de las grandes cuestiones del gobierno que comience en enero. Brasil no solamente debe decidir quién ocupará el Ejecutivo; está modificando simultáneamente dos de los vértices de un triángulo institucional que durante los últimos años ha conocido frecuentes tensiones.
Dos nombres, dos corrientes
Nada de esto significa que la lucha presidencial carezca de importancia. Por el contrario, Lula y Flávio Bolsonaro representan dos corrientes políticas cuya rivalidad ha terminado por organizar buena parte de la vida pública brasileña.
Lula llegó nuevamente al poder en 2023 después de derrotar por escaso margen a Jair Bolsonaro en las elecciones de 2022. Ahora busca un cuarto período presidencial no consecutivo. Flávio, senador por Río de Janeiro, intenta recoger buena parte del movimiento político construido alrededor de su padre y darle continuidad bajo otro liderazgo. Las diferencias entre ambos abarcan la política económica y social, el medio ambiente, la seguridad y las relaciones internacionales.
La campaña también ha mostrado una sociedad que continúa profundamente dividida. Lula presenta su candidatura como defensa de las políticas sociales, de la protección ambiental y de un papel activo del Estado. Flávio Bolsonaro ha hecho de la seguridad y del combate al crimen temas centrales de su campaña y plantea posiciones más próximas a la agenda conservadora que caracterizó al gobierno de su padre. Ninguno, sin embargo, podrá llevar adelante íntegramente su programa sin recurrir al Congreso que los brasileños elegirán el mismo día.
Ese dato puede parecer elemental, pero explica buena parte de la historia política reciente de Brasil. Los presidentes llegan al poder con programas nacionales; los diputados y senadores llegan a Brasilia con programas nacionales, intereses partidarios y necesidades regionales. Gobernar consiste muchas veces en hacer coincidir esos mundos.
Por eso los nombres de quienes dirijan la Cámara y el Senado después de la elección tendrán una influencia mucho mayor de la que podría sugerir el protocolo. La presidencia de cualquiera de las dos cámaras puede facilitar una iniciativa presidencial, retrasarla o impedir que llegue siquiera al momento de la votación. En un país donde el Ejecutivo fue tradicionalmente considerado el centro natural del poder, el Congreso ha adquirido en los últimos años una autonomía y una capacidad de negociación cada vez mayores.
América Latina observa, pero Brasil nunca vota solamente para sí mismo
Con más de doscientos millones de habitantes, la mayor economía latinoamericana, una inmensa frontera compartida con casi todos los países sudamericanos y una diplomacia que desde hace décadas busca una voz propia en los asuntos mundiales, Brasil ejerce una influencia inevitable sobre sus vecinos. Un cambio de gobierno en Brasilia no altera automáticamente la política de América Latina, pero sí modifica uno de sus principales centros de gravedad.
Esta elección encuentra además a la región en un momento distinto del que existía cuando Lula regresó al poder en 2023. Diversos países latinoamericanos han elegido durante los últimos años gobiernos o coaliciones conservadoras. Lula es una de las principales figuras de una izquierda regional que ha perdido terreno. El resultado brasileño permitirá saber si la mayor nación de América Latina acompaña esa corriente o mantiene una dirección diferente.
No se trata solamente de una cuestión de etiquetas ideológicas. Brasil mantiene relaciones económicas decisivas con Argentina, Uruguay y Paraguay dentro del Mercosur; posee un intercambio de enorme importancia con China; forma parte del grupo BRICS; negocia con Europa y conserva con Estados Unidos una relación en la cual cooperación y desacuerdo suelen convivir. Lo que Brasil haga con su economía, sus inversiones, su política ambiental y sus alianzas internacionales repercute inevitablemente fuera de sus fronteras.
La relación con Washington se encuentra particularmente presente en estas elecciones. Lula y Flávio Bolsonaro ofrecen orientaciones distintas frente al gobierno estadounidense, y la campaña se ha desarrollado en medio de controversias comerciales y acusaciones brasileñas de interferencia extranjera que Washington ha rechazado. Una eventual administración de Flávio Bolsonaro probablemente buscaría una relación más estrecha con el gobierno de Donald Trump, mientras Lula ha mantenido una línea exterior más autónoma y vínculos estrechos con China y Europa.
El resultado tendrá, por ello, interés especial desde Buenos Aires hasta Bogotá, desde Washington hasta Beijing. Brasil posee dimensiones suficientes para que sus asuntos internos terminen convirtiéndose, tarde o temprano, en asuntos de sus vecinos.
Pero quizá sea demasiado sencillo reducir esa consecuencia regional a la victoria de una izquierda o una derecha. También importa qué presidente salga de las urnas fortalecido o debilitado por el Congreso que lo acompañe. Un gobierno obligado a dedicar la mayor parte de sus energías a reunir votos en Brasilia tendrá menos margen político para grandes iniciativas regionales. Uno capaz de construir una coalición estable podrá prestar mayor atención a la economía, el comercio y la política exterior.
Así, el verdadero resultado del domingo no estará contenido únicamente en la cifra que aparezca junto al nombre del candidato presidencial.
El lunes después de la elección
Brasil posee una de las mayores experiencias del mundo en el uso de urnas electrónicas y acostumbra conocer sus resultados con rapidez. Este domingo, después de una jornada que comenzará a las ocho de la mañana y terminará a las cinco de la tarde, el país empezará a descubrir el nuevo mapa político que gobernará desde 2027.
Puede ocurrir que al finalizar la noche los brasileños conozcan ya quiénes serán sus gobernadores, sus diputados y sus nuevos senadores, pero no sepan todavía quién será su presidente. Si ninguno de los candidatos presidenciales obtiene la mayoría de los votos válidos, los dos primeros deberán volver a las urnas el 25 de octubre.
Para entonces, sin embargo, una parte esencial de la historia habrá sido escrita.
Lula o Flávio Bolsonaro sabrán qué Congreso los espera. Conocerán la fuerza de sus adversarios y la de sus aliados. Podrán calcular dónde tendrán que negociar y con quién. El país sabrá si el Senado se ha desplazado hacia posiciones más conservadoras o si ha mantenido una composición semejante a la actual. Y comenzará inmediatamente otra competencia, menos visible para el público, alrededor de las presidencias de las cámaras y de las alianzas necesarias para gobernar.
Ese puede terminar siendo el verdadero significado de las elecciones de 2026.
Durante toda la campaña, Brasil pareció otra vez dividido entre dos apellidos que dominan su política desde hace años. Pero detrás de Lula y Bolsonaro se mueve un país mucho más complejo: gobernadores con poder propio, partidos que cambian de alianza, un Congreso que reclama mayor participación en las decisiones nacionales, un Supremo sometido a un escrutinio excepcional y una sociedad que observa con desconfianza a buena parte de sus instituciones.
Al final, el elector brasileño tendrá ante la urna seis decisiones. La última será la del presidente. Las anteriores podrán determinar cuánto podrá hacer ese presidente cuando llegue a Brasilia.
Y para América Latina tampoco será indiferente el desenlace. Brasil escogerá un gobierno, pero también la relación de fuerzas que decidirá cómo será gobernado y con qué voz hablará durante los próximos años ante el continente y ante el mundo.
