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Opinión

La paz también debe rendir cuentas

Diez años después de la firma del Acuerdo de Paz con las FARC, Colombia debería estar en condiciones de discutir sus resultados sin convertir cualquier pregunta en una declaración de guerra contra la paz. Preguntar cuánto ha costado la Jurisdicción Especial para la Paz, qué resultados ha producido y cuánto tiempo más necesitará para completar su mandato no significa desconocer el alcance histórico del acuerdo de 2016. Significa someter una institución pública excepcional al mismo principio que debería regir a todas las demás: rendir cuentas.

La reflexión viene a propósito de la columna “El costo de los vikingos”, de María Clara Posada Caicedo para El Colombiano, quien parte de la reciente invitación de Juan Manuel Santos a “remar juntos” por la implementación del Acuerdo de Paz para formular una pregunta esencialmente fiscal e institucional: cuánto está pagando Colombia por una jurisdicción concebida como excepcional y transitoria.

La pregunta merece prolongarse más allá de la metáfora.

Durante una negociación de paz, después de décadas de violencia, conseguir que antiguos enemigos acepten avanzar hacia un mismo objetivo resulta comprensible. Pero diez años después la discusión no puede limitarse a determinar si seguimos remando. También debemos preguntarnos cuánto hemos avanzado, cuáles eran las metas originales, cuáles se han cumplido y cuál es el punto de llegada.

La JEP nació precisamente como una justicia extraordinaria. Su diseño permitió que quienes reconocieran responsabilidad, aportaran verdad plena y contribuyeran a la reparación pudieran recibir sanciones distintas a las de la justicia penal ordinaria. Para los máximos responsables de los crímenes más graves, las sanciones propias pueden alcanzar entre cinco y ocho años e incluyen restricciones efectivas de derechos y libertades y trabajos restaurativos, sin equivaler a una pena ordinaria de prisión.

Ahí está, desde el comienzo, una de las mayores controversias del modelo. Que una sanción se ajuste a las reglas pactadas no impide preguntarse si esas reglas lograron el equilibrio adecuado entre justicia, verdad, reparación y reconciliación.

La discusión se hizo más concreta en septiembre de 2025, cuando exintegrantes del antiguo secretariado de las extintas FARC-EP recibieron la máxima sanción propia de ocho años por el caso de los secuestros, con trabajos restaurativos y restricciones de libertades y derechos. La JEP estaba aplicando el modelo creado por el Acuerdo; precisamente por eso sigue siendo legítimo preguntarse qué recibió la sociedad a cambio de esa excepcionalidad.

Y allí aparece inevitablemente la discusión sobre el tiempo y el costo.

Posada pone el énfasis en la factura presupuestal. Yo agregaría otro elemento: toda institución transitoria necesita algún día poder explicar cómo termina.

No es una pregunta menor. La independencia judicial protege a los jueces frente a interferencias indebidas en sus decisiones, pero no elimina el control fiscal, administrativo ni ciudadano. Revisar presupuestos, duración de procedimientos, número de decisiones, cumplimiento de sanciones y metas pendientes forma parte del funcionamiento normal de cualquier Estado democrático. Hacerlo con la JEP no debería convertirse automáticamente en una discusión entre partidarios y adversarios del Acuerdo.

Hay una experiencia internacional que resulta útil para ampliar la conversación, precisamente porque muestra tanto las posibilidades como los riesgos de la justicia transicional: Ruanda.

La comparación debe hacerse con cuidado. Colombia y Ruanda son experiencias históricas completamente diferentes. El genocidio contra los tutsis de 1994 ocurrió fundamentalmente durante unos cien días y dejó cerca de un millón de muertos; Colombia intenta cerrar las consecuencias de un conflicto armado prolongado durante décadas, con numerosos actores y dinámicas territoriales. Equiparar ambas tragedias sería equivocado.

Lo interesante está en otro punto.

Después del genocidio, Ruanda tenía un sistema judicial devastado y una cantidad extraordinaria de personas acusadas. Para el año 2000 había más de 100.000 sospechosos esperando juicio. El país terminó desarrollando una respuesta en tres niveles: el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, los tribunales nacionales y los gacaca, tribunales comunitarios inspirados en mecanismos tradicionales de resolución de conflictos.

Los gacaca resultan particularmente interesantes para el debate colombiano porque tampoco respondían exclusivamente a la lógica tradicional de cárcel y castigo. Las comunidades elegían jueces; la confesión, el arrepentimiento y la búsqueda de reconciliación podían incidir en las sanciones; y algunos condenados cumplían servicios comunitarios. Se buscaba también que las víctimas conocieran lo ocurrido y que los responsables respondieran frente a sus propias comunidades.

No fue un sistema perfecto. Ni siquiera cerca de serlo.

Organizaciones internacionales documentaron problemas de debido proceso, debilidades en el derecho de defensa, intimidaciones de testigos y otras irregularidades. Al mismo tiempo, el sistema permitió tramitar una cantidad extraordinaria de casos en una sociedad cuyo aparato judicial ordinario simplemente no tenía capacidad para hacerlo.

Ese contraste es importante porque evita convertir a Ruanda en un modelo idealizado.

Pero existe un aspecto de aquella experiencia que sí debería llamar nuestra atención: el mecanismo excepcional tuvo un final.

Los tribunales gacaca cerraron oficialmente en 2012. Habían sido creados para enfrentar una situación extraordinaria y, cumplida esa etapa, dejaron de funcionar como sistema excepcional.

Ese dato conduce nuevamente a Colombia.

No significa que la JEP deba cerrar mañana ni que sea razonable trasladar mecánicamente los tiempos de Ruanda a nuestro proceso. Los mandatos, los contextos jurídicos y la naturaleza de los conflictos son distintos. Significa algo más elemental: una jurisdicción definida desde su origen como transitoria debería poder ofrecer periódicamente a la sociedad una respuesta comprensible sobre cuánto ha hecho, cuánto falta y cuál es su horizonte de culminación.

En ese punto, la columna de María Clara Posada abre una discusión necesaria. “El costo de los vikingos” pregunta cuánto cuesta el barco. Tal vez corresponda agregar otra pregunta: cuándo debe llegar a puerto.

La excepcionalidad puede resultar indispensable para salir de una circunstancia excepcional. Pero precisamente por eso no debería perder nunca su condición de excepcional.

Después de diez años del Acuerdo colombiano, pedir un balance no supone desconocer la paz. Supone evaluar una arquitectura judicial creada para alcanzar objetivos determinados y financiada con recursos públicos.

Santos propone seguir remando.

La invitación puede servir todavía como metáfora.

Pero quienes están dentro del barco —víctimas, comparecientes y ciudadanos que lo financian— también necesitan saber cuánto se ha recorrido, cuánto falta y dónde termina la travesía.

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Efraín Díaz

Efraín Díaz

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