La sequía avanza y amenaza al café
La producción cafetera cayó 10 % durante el primer semestre de 2026 y las exportaciones retrocedieron 18 %. La reducción de las lluvias encuentra a los productores frente a una combinación difícil: menores ingresos por la caída del dólar y un salario mínimo que aumentó 23 % en un solo año.
Mientras millones de personas en el mundo comienzan el día con una taza de café colombiano, los productores de Huila, Antioquia, Tolima, Caldas y otras regiones cafeteras miran el cielo con una preocupación que va mucho más allá de la próxima cosecha. La lluvia comienza a escasear y el fenómeno de El Niño amenaza con reducir la producción justo cuando el fortalecimiento del peso y el aumento de los costos laborales estrechan los márgenes de las fincas.
Para un cafetero colombiano, la ecuación es fácil de entender: si la sequía reduce la cantidad de grano disponible, tendrá menos café para vender; si al mismo tiempo el dólar baja, recibirá menos pesos por las ventas realizadas en el exterior; y si los jornales aumentan con mayor rapidez que la productividad, recoger esa cosecha más pequeña resultará todavía más costoso.
Eso es lo que convierte una noticia climática en una noticia económica.
Durante el primer semestre de 2026, la producción cafetera colombiana alcanzó 5,58 millones de sacos, una disminución del 10 % frente al mismo periodo de 2025. Las exportaciones sumaron 5,23 millones de sacos y registraron una caída interanual del 18 %.
Detrás de esos porcentajes hay menos café circulando por cooperativas y trilladoras, menos carga transportada hacia los puertos y menos ingresos en los municipios que dependen del cultivo. También hay una señal de advertencia para uno de los sectores que más divisas genera para Colombia.
La sequía no necesariamente destruye de inmediato una plantación. Su impacto puede aparecer meses después. La falta de agua afecta la floración, el desarrollo del fruto y el llenado del grano, lo que puede reducir tanto el volumen como la calidad de la cosecha. Un cafetal puede mantenerse verde y, aun así, producir menos.
La preocupación aumenta porque aproximadamente el 72 % de la actividad agrícola colombiana continúa dependiendo directamente de las lluvias, según la advertencia sectorial recogida en la información que dio origen a esta nota. En ese contexto, una temporada seca prolongada no afecta solamente a las fincas con menor infraestructura. También puede modificar la oferta nacional y la capacidad del país para cumplir sus compromisos de exportación.
Menos café y menos pesos por cada dólar
El precio que recibe el cafetero colombiano no depende únicamente de lo que ocurre dentro de su finca. Se construye a partir de tres elementos principales: la cotización del café en la Bolsa de Chicago, el diferencial reconocido por la calidad y el origen del grano colombiano, y la tasa de cambio. La propia Federación Nacional de Cafeteros utiliza esas variables para calcular diariamente el precio interno de referencia.
Eso significa que una buena cotización internacional no garantiza automáticamente un buen ingreso para el productor.
El 13 de julio de 2026, la Tasa Representativa del Mercado se encontraba en 3.248,87 pesos por dólar. Para un importador, un dólar más barato puede reducir el costo de comprar maquinaria, equipos o determinados insumos en el exterior. Para un exportador de café, el efecto principal ocurre en sentido contrario: cada dólar obtenido por la venta del grano se convierte en una menor cantidad de pesos.
Imagine una operación internacional por un millón de dólares. Con una tasa de cambio de 4.000 pesos, esa venta representa 4.000 millones de pesos antes de costos. Con un dólar a 3.250 pesos, genera cerca de 3.250 millones. Aunque el valor del negocio en dólares sea exactamente el mismo, la diferencia para la empresa colombiana se acerca a 750 millones de pesos.
El productor no recibe necesariamente el pago de una exportación de manera directa, pero termina sintiendo el efecto a través del precio interno, la capacidad de compra de los exportadores, las condiciones de financiación y los recursos disponibles para adquirir café. El dólar, por tanto, no es un dato lejano que solo interese a bancos o casas de cambio. Puede determinar cuánto dinero recibe una familia cafetera por el trabajo de todo un año.
El peso fortalecido también tiene ganadores. Las empresas con capacidad financiera pueden importar equipos, repuestos o fertilizantes a precios más favorables. Sin embargo, muchos pequeños productores no disponen de liquidez para aprovechar ese beneficio. Una finca afectada por la sequía y con una cosecha reducida suele utilizar sus ingresos para cubrir jornales, deudas e insumos básicos, no para comprar nueva tecnología.
De esta manera, el dólar bajo beneficia principalmente a quien tiene capital para importar e invertir, mientras presiona a quien depende de convertir inmediatamente sus ventas en pesos para sostener la operación cotidiana.
Un salario mínimo 23 % más alto llega a las fincas
La tercera presión proviene del mercado laboral.
El salario mínimo mensual de Colombia pasó de 1.423.500 pesos en 2025 a 1.750.905 pesos en 2026, un incremento del 23 %. Con el auxilio de transporte, el ingreso mensual establecido por el Gobierno llegó a dos millones de pesos. Las medidas fueron adoptadas mediante los decretos 1469 y 1470 del 29 de diciembre de 2025.
El aumento mejora el ingreso de aproximadamente 2,4 millones de trabajadores que reciben el salario mínimo, pero también eleva de manera inmediata los costos de las actividades intensivas en mano de obra. El café se encuentra entre ellas.
En Colombia, buena parte del grano se cultiva en laderas donde la mecanización completa resulta difícil. La recolección depende de trabajadores que seleccionan manualmente los frutos maduros, una característica fundamental para preservar la calidad por la que el café colombiano recibe reconocimiento en los mercados internacionales.
La Federación Nacional de Cafeteros ha identificado históricamente la mano de obra como la variable de mayor peso dentro de los costos de producción y ha promovido herramientas de cosecha asistida para elevar la productividad y reducir la necesidad de recolectores.
Por eso, un incremento salarial de 23 % no se limita a modificar una cifra en la nómina. Aumenta el costo de las labores de mantenimiento, fertilización, control de arvenses, recolección, beneficio, clasificación y transporte. También puede elevar los precios cobrados por contratistas y proveedores que enfrentan la misma presión laboral.
El problema no es que los trabajadores ganen más. El desafío es que el salario aumentó mucho más rápido que la capacidad de numerosas fincas pequeñas para producir más café por hectárea. Cuando los costos laborales crecen 23 %, pero la producción nacional cae 10 %, el productor termina pagando más para recoger una cosecha menor.
Esa diferencia puede ser absorbida por una empresa grande, tecnificada y con acceso a crédito. Para una familia que cultiva unas pocas hectáreas y depende casi por completo de la venta de su cosecha, el margen de maniobra es mucho menor.
En el momento de la recolección, además, el café no puede esperar indefinidamente. Si el fruto maduro permanece demasiado tiempo en el árbol, puede perder calidad o caer al suelo. Cuando varias regiones entran simultáneamente en cosecha, la competencia por los recolectores obliga a ofrecer pagos superiores a los valores habituales. El salario mínimo funciona entonces como una referencia inicial, no necesariamente como el costo final del jornal.
Los mayores salarios pueden beneficiar a los trabajadores que consigan mantener una ocupación estable, pero también existe un riesgo para quienes dependen de empleos temporales. Una finca con menos café y mayores costos puede contratar menos personas, reducir el número de jornadas o dejar sin recoger parte del grano de menor rendimiento. La remuneración diaria aumenta, pero el número total de días trabajados podría disminuir.
¿Quién puede resistir la combinación?
La sequía, el dólar y el salario mínimo no afectan de la misma manera a todos los productores.
Las fincas con cafetales jóvenes, alta productividad, reservas de agua, acceso al crédito y capacidad para vender cafés diferenciados pueden soportar mejor el aumento de los costos. Incluso podrían aprovechar un dólar más bajo para importar equipos o modernizar procesos.
Los productores con cultivos envejecidos, deudas, baja productividad y dependencia absoluta de las lluvias enfrentan una situación distinta. Si reciben menos ingresos y gastan más en jornales, comienzan a aplazar la fertilización, el mantenimiento y la renovación de los cafetales. Esas decisiones permiten ahorrar dinero durante algunos meses, pero reducen la productividad de las cosechas siguientes.
Allí aparece uno de los mayores riesgos para Colombia: que la caída de la producción deje de ser un episodio temporal y se convierta en un problema acumulativo.
Una finca con menor rentabilidad invierte menos. Al invertir menos, produce menos. Al producir menos, dispone de todavía menos recursos para enfrentar la siguiente sequía o contratar la mano de obra necesaria. El círculo termina afectando no solo al productor, sino también a los recolectores, transportadores, cooperativas, comercios y municipios cafeteros.
El mercado internacional tampoco permanece inmóvil. Colombia compite con Brasil, Vietnam, países centroamericanos y nuevos productores africanos. En 2025, las exportaciones colombianas habían alcanzado 13,3 millones de sacos y generado cerca de 5.700 millones de dólares, una muestra de la importancia del café para el ingreso de divisas.
Si la oferta colombiana se vuelve menos estable, los tostadores pueden aumentar sus compras en otros orígenes. La calidad del café colombiano continúa siendo una ventaja, pero los compradores también necesitan volumen, cumplimiento y precios competitivos. Una empresa extranjera puede conservar el café de Colombia dentro de sus mezclas y, al mismo tiempo, reducir la proporción comprada en el país para disminuir riesgos.
Esa es la consecuencia que debería observarse durante los próximos meses. No solamente cuántos sacos dejará de producir Colombia, sino qué ocurrirá con la rentabilidad de las fincas, la contratación de recolectores, la renovación de los cultivos y la capacidad de los exportadores para conservar clientes.
Para el caficultor, la sequía significa menos grano. El dólar bajo significa menos pesos por cada venta exterior. El aumento de 23 % del salario mínimo significa mayores costos en un cultivo que todavía depende ampliamente del trabajo manual.
La combinación no implica necesariamente una crisis inmediata, pero sí reduce el margen disponible para soportar una mala cosecha. Y cuando ese margen desaparece, la primera consecuencia no siempre aparece en la Bolsa de Chicago ni en las estadísticas de exportación. Aparece en la finca que deja de fertilizar, en el cafetal que no se renueva, en el recolector que encuentra menos jornadas y en el municipio donde comienza a circular menos dinero.
Eso es lo que está en juego detrás de la caída del 10 % en la producción y del 18 % en las exportaciones: no solo el resultado de una cosecha, sino la capacidad de Colombia para seguir produciendo café de manera rentable cuando el clima ofrece menos agua, el dólar entrega menos pesos y la política salarial añade costos que la productividad del campo todavía no logra compensar.
