Más allá de Chicago: el dilema económico del Illinois rural
A medida que uno se aleja de Chicago, Illinois comienza a transformarse. Los grandes edificios desaparecen progresivamente, el tránsito se vuelve menos intenso y, a ambos lados de la carretera, empiezan a dominar el paisaje interminables campos de maíz y soja, pequeños pueblos, graneros y enormes silos que recuerdan que existe otro Illinois muy diferente al de la gran metrópoli. Los carteles que anuncian la venta de “Sweet Corn” comienzan a sucederse a ambos lados de la carretera, señal inequívoca de que uno ha dejado atrás el Illinois urbano para entrar en el corazón agrícola del estado. Y es precisamente aquí donde la política adquiere otro significado. En un estado que durante los últimos años se ha transformado en un bastión demócrata, basta recorrer algunas de estas comunidades rurales para descubrir un territorio política, cultural y económicamente diferente al que suele proyectarse desde Chicago.
Durante dos jornadas tuve la oportunidad de observar de cerca esa realidad desde dos escenarios distintos: primero, durante un encuentro político de Darren Bailey y su compañero de fórmula, Aaron Del Mar, realizado bajo el lema “Working Families First”; y posteriormente durante la Illinois Agricultural Legislative Roundtable, celebrada en Funk Farms, donde dirigentes políticos, representantes del sector agrícola y productores se reunieron para hablar sobre el presente y el futuro del campo. Los escenarios parecían distintos, en uno predominaban los carteles de campaña, los candidatos y sus simpatizantes; en el otro, las conversaciones políticas ocurrían frente a enormes silos y rodeadas de cultivos, pero detrás de ambos encuentros aparecía la misma preocupación: cuánto cuesta hoy vivir, trabajar, invertir y producir en Illinois.
Para buena parte del mundo, Illinois significa Chicago. La asociación es lógica: allí se concentra una enorme porción de la población del estado, algunas de sus principales empresas, universidades, centros financieros y buena parte de su poder político. Pero Illinois es también uno de los grandes territorios agrícolas de Estados Unidos, con una economía rural que se extiende mucho más allá de las propias granjas. Alrededor del maíz y de la soja viven productores, proveedores de semillas y fertilizantes, transportistas, empresas de maquinaria, procesadores, comerciantes y cientos de comunidades que dependen directa o indirectamente de la actividad agrícola. Esa diferencia entre el Illinois metropolitano y el rural también se refleja electoralmente. Chicago y buena parte de su área metropolitana representan el núcleo del poder demócrata, mientras que, al internarse en buena parte del Illinois rural, el mapa político cambia de color y comienza a teñirse de rojo republicano. La elección del próximo 3 de noviembre de 2026 volverá inevitablemente a poner frente a frente esas distintas realidades, pero reducir la discusión a republicanos contra demócratas sería quedarse solamente con la superficie. Debajo de la disputa electoral existe una pregunta mucho más concreta, que surgió una y otra vez durante estas jornadas: ¿sigue siendo suficientemente rentable producir?
Desde una carretera rural, la agricultura de Illinois puede transmitir una sensación de extraordinaria prosperidad. Las extensiones de tierra son enormes, la maquinaria utilizada puede costar cientos de miles de dólares y algunas explotaciones administran activos cuyo valor resulta impresionante visto desde fuera. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre poseer activos valiosos y disponer de grandes márgenes. Antes de recoger un solo bushel de maíz o de soja, el agricultor ya tuvo que asumir el costo de las semillas, los fertilizantes, el combustible, la maquinaria, los seguros, el mantenimiento, el financiamiento, los impuestos y, dependiendo de la operación, también la mano de obra. Después debe esperar que el clima acompañe, que la cosecha responda y que, llegado el momento de vender, el mercado pague un precio suficiente para cubrir todos esos costos y dejar una rentabilidad razonable. Buena parte del riesgo recae sobre el productor, mientras muchas de las variables que finalmente determinan sus ingresos están completamente fuera de su control. Incluso una cosecha extraordinaria puede tener un efecto paradójico: si la producción aumenta demasiado y la oferta presiona los precios hacia abajo, el agricultor puede terminar produciendo más y, sin embargo, ganando menos.
Esa fragilidad de los márgenes ayuda a entender una preocupación que apareció con particular fuerza durante las conversaciones: el problema ya no es solamente cuánto puede ganar el agricultor de hoy, sino quién va a querer seguir produciendo mañana. Durante generaciones, numerosas explotaciones agrícolas estadounidenses se construyeron alrededor de una lógica familiar relativamente sencilla: los padres trabajaban la tierra y alguno de sus hijos eventualmente continuaba la actividad. La granja no era solamente una empresa; era patrimonio, identidad y una forma de vida. Pero esa continuidad ya no puede darse por sentada. Darren Bailey, quien además de candidato a gobernador es farmer y productor agrícola, lo planteó de manera directa durante su conversación con VISIÓN: “Estamos perdiendo jóvenes que quieran continuar con la producción agrícola. Los márgenes son muy pequeños para el nivel de riesgo y para la cantidad de trabajo que esto requiere”, explicó. Y para Bailey, la consecuencia va mucho más allá de las cifras: “Estamos perdiendo también un estilo de vida”.
La observación resume una transformación silenciosa que puede tener consecuencias mucho más profundas de lo que muestran las estadísticas de producción. Para muchos jóvenes que crecieron dentro de una granja, viendo desde pequeños las jornadas largas, la incertidumbre y la cantidad de capital necesaria para sostener una explotación moderna, la comparación con otras posibilidades profesionales resulta inevitable. Pueden estudiar, trasladarse a una ciudad, trabajar para una empresa y recibir un ingreso relativamente previsible sin arriesgar cada temporada una gran cantidad de dinero ante el clima, los mercados o una cosecha que puede cambiar de valor en cuestión de semanas. Cuando se coloca todo eso en la balanza, continuar la granja familiar deja de ser una decisión automática. Y cuando una nueva generación decide no seguir, no desaparece únicamente un productor: comienza a debilitarse una cultura construida durante décadas alrededor de la tierra, de las familias y de pequeñas comunidades cuya identidad permanece estrechamente vinculada a la agricultura.
Bailey conoce ese mundo desde dentro y esa experiencia constituye una parte importante de su discurso político. No llega al campo como un candidato que necesita aprender durante una campaña cómo funciona una explotación agrícola; él mismo forma parte de esa actividad y utiliza esa experiencia para explicar lo que considera uno de los principales problemas económicos del Illinois rural. Entre las causas que señala aparece con insistencia la presión tributaria y particularmente los property taxes. “Los impuestos sobre la propiedad son parte del problema”, sostuvo al hablar de los obstáculos que enfrentan las familias para mantener sus operaciones rentables y conservarlas de una generación a otra. La cuestión es especialmente importante porque existe una aparente contradicción en la economía agrícola: una familia puede poseer cientos de acres y maquinaria de enorme valor y, al mismo tiempo, trabajar con márgenes de efectivo bastante reducidos. Ser propietario de una granja valorada en millones no significa necesariamente tener millones disponibles. La tierra debe continuar sembrándose, los equipos deben mantenerse y eventualmente reemplazarse, los impuestos deben pagarse y los costos llegan independientemente de que el precio del maíz o de la soja haya acompañado ese año.
Pero el campo de Illinois no pertenece políticamente a un solo candidato y reducir sus problemas al discurso republicano sería simplificar una realidad mucho más compleja. La presencia del gobernador JB Pritzker en la discusión agrícola demuestra que los demócratas tampoco están dispuestos a abandonar políticamente al interior del estado. Aquí aparece uno de los contrastes más interesantes de la elección: Pritzker y Bailey representan proyectos políticos muy diferentes, provienen de experiencias personales distintas y ofrecen respuestas distintas sobre el papel que debe desempeñar el gobierno, pero ambos deben hablar frente a productores que al final de cada temporada enfrentan exactamente las mismas cuentas. Para un agricultor, el precio del fertilizante no es republicano ni demócrata. Tampoco lo es una sequía, el costo del diésel, una tasa de interés elevada o una caída del precio del maíz. La política aparece cuando se discute qué puede hacer el gobierno frente a esas condiciones y qué parte del costo de producir depende de decisiones públicas. Impuestos, infraestructura, energía, regulaciones, transporte, comercio, biocombustibles y desarrollo rural dejan entonces de ser conceptos abstractos y se convierten en variables que pueden modificar directamente los números de una explotación agrícola.
Es allí donde la campaña electoral encuentra uno de sus terrenos de disputa. Bailey se mostró especialmente optimista sobre sus posibilidades de derrotar al actual gobierno. “Me siento confiado en que vamos a ganar”, dijo a VISIÓN, y atribuyó parte de esa confianza a lo que considera un creciente desencanto con la administración actual. “La gente está decepcionada”, aseguró al describir el clima que dice encontrar entre quienes hablan con él durante la campaña. La elección del 3 de noviembre permitirá saber hasta qué punto esa percepción se traduce efectivamente en votos, especialmente en un estado donde el enorme peso electoral de Chicago y sus suburbios representa un desafío evidente para cualquier candidato republicano. Bailey necesita algo más que dominar el voto rural: debe conseguir que el mensaje sobre impuestos, costo de vida, producción y frustración económica trascienda las comunidades que tradicionalmente ya se inclinan por su partido.
Sin embargo, la discusión agrícola tampoco puede entenderse exclusivamente dentro de las fronteras de Illinois. Aunque un productor pueda pasar prácticamente toda su vida trabajando la misma tierra, su mercado es global. China puede decidir comprar más o menos soja estadounidense; Brasil puede obtener una cosecha extraordinaria y aumentar la competencia; Argentina puede recuperar producción después de un año difícil; una guerra puede alterar el precio de la energía o de los fertilizantes; el dólar puede modificar la competitividad de las exportaciones y una disputa comercial puede cerrar o abrir mercados a miles de kilómetros. El agricultor de Illinois produce localmente, pero vende dentro de un sistema internacional cuyas decisiones escapan casi por completo a su control. Por eso el precio que recibe un productor del Medio Oeste puede depender tanto del clima frente a su casa como de una cosecha brasileña, una decisión de Beijing o una negociación comercial en Washington.
Y es precisamente allí donde esta historia deja de ser exclusivamente estadounidense y comienza a adquirir relevancia para América Latina. Estados Unidos comparte y compite con Brasil y Argentina en algunos de los mercados agrícolas más importantes del planeta, mientras países como México o Colombia dependen en distintos grados de materias primas agrícolas producidas en Estados Unidos. El vínculo puede parecer distante, pero económicamente es bastante directo. El maíz cultivado en Illinois puede convertirse en alimento balanceado; ese alimento forma parte del costo de producción de pollos, cerdos o ganado; y ese costo eventualmente puede aparecer en el precio que paga una familia en un supermercado. Una decisión de siembra tomada en el Medio Oeste estadounidense puede interactuar con una cosecha brasileña, una exportación argentina y una compra colombiana antes de terminar reflejada en el precio de los alimentos. Los enormes silos que dominan el paisaje rural de Illinois son, en ese sentido, mucho más que depósitos: son parte de una cadena económica que conecta estas pequeñas comunidades con mercados y consumidores de todo el mundo.
El próximo 3 de noviembre, los habitantes de Illinois decidirán quién gobernará el estado durante los siguientes cuatro años. Bailey asegura sentirse confiado y cree que la decepción que percibe con la administración actual puede abrir la puerta a un cambio; Pritzker, por su parte, representa la continuidad de un gobierno demócrata en un estado que durante los últimos años se ha convertido en uno de los bastiones de ese partido en el Medio Oeste. Las urnas resolverán esa disputa. Pero después de asistir a ambos encuentros queda la impresión de que existe otra cuestión mucho más difícil de resolver en una sola elección. Illinois puede continuar aumentando sus rendimientos, incorporar semillas más eficientes, utilizar maquinaria cada vez más sofisticada y conseguir que cada acre produzca cantidades que habrían parecido imposibles hace algunas generaciones. Sin embargo, ninguna tecnología puede sustituir completamente la decisión humana de continuar trabajando la tierra. Si la agricultura exige cada vez más capital, más riesgo y más trabajo a cambio de márgenes que muchos productores consideran insuficientes, llegará un momento en que la pregunta de los hijos de los agricultores dejará de ser cómo continuar la explotación familiar y pasará a ser si realmente quieren hacerlo.
El 3 de noviembre sabremos quién ganó la elección. Lo que tardaremos bastante más en saber es si la próxima generación seguirá considerando que vale la pena levantarse cada mañana para sembrar estos campos. Porque detrás de la pelea entre republicanos y demócratas, de los impuestos, de los precios del maíz y de los discursos electorales, existe una batalla mucho más silenciosa: la de conservar una actividad económica, pero también una forma de vida que durante generaciones ayudó a construir el otro Illinois.
