La revista latinoamericana
Cargando edición
Area3Design
← Volver a portada
Opinión

Más allá del cliché frío: Por qué Suecia funciona (y no es por lo que te contaron)

Acabo de regresar de Suecia después de pasar varios días en Malmö, la ciudad donde nació Zlatan Ibrahimović. Tengo que admitir que antes de viajar tenía la misma imagen que probablemente tienen muchos latinoamericanos: un país frío, ordenado, lleno de bicicletas, impuestos imposibles y personas tan disciplinadas que probablemente hasta programan las discusiones familiares con dos semanas de anticipación. Pero Suecia terminó siendo mucho más interesante que todos los clichés.

Quizás porque Malmö tampoco encaja demasiado en la imagen tradicional de Suecia. Es una ciudad diversa, moderna y sorprendentemente relajada. Desde algunos puntos se puede ver Dinamarca al otro lado del mar gracias al gigantesco puente de Öresund, una obra de ingeniería que parece salida de una película de James Bond. Allí nació Zlatan, el hombre que logró convencer al mundo entero de que hablar de uno mismo en tercera persona no era arrogancia sino una forma de arte escandinava.

Y mientras caminaba por las calles de Malmö no podía evitar pensar que, en cierto sentido, Ibrahimović es una excelente metáfora de Suecia. Desde América Latina solemos imaginar un país modesto, discreto y casi tímido. Sin embargo, cuando uno observa sus resultados económicos descubre que Suecia lleva décadas haciendo algo parecido a lo que hacía Zlatan en la cancha: competir contra rivales mucho más grandes y terminar ganando.

Porque conviene recordar un detalle. Suecia tiene apenas algo más de diez millones de habitantes. Es decir, menos población que muchas ciudades latinoamericanas. Sin embargo, produce multinacionales, startups tecnológicas, empresas innovadoras y riqueza a una velocidad que debería llamar la atención de cualquier empresario de nuestra región.

Durante años nos han contado una historia simplificada sobre el éxito sueco. Según esa versión, Suecia es rica porque tiene impuestos altos, un Estado grande y una enorme red de protección social. La explicación es cómoda porque permite que cada quien encuentre la confirmación de sus propias ideas políticas. El problema es que la realidad es bastante más compleja.

Lo primero que descubrí es que Suecia no funciona porque reparte riqueza. Suecia funciona porque primero la crea.

Puede parecer una diferencia menor, pero en realidad es gigantesca.

En América Latina solemos pasar una cantidad obscena de tiempo discutiendo cómo repartir la torta. Los suecos dedicaron décadas a preguntarse cómo hacerla más grande.

Y lo lograron.

Hoy el país posee uno de los mercados de capitales más desarrollados de Europa. Para ponerlo en perspectiva, durante la última década Suecia produjo más salidas a bolsa que Francia, Alemania, España y los Países Bajos combinados. No estamos hablando de gigantes empresariales que ya eran ricos y famosos. Estamos hablando de pequeñas y medianas empresas que encontraron capital para crecer sin tener que abandonar el país. 

Eso me hizo pensar inmediatamente en América Latina.

Aquí solemos escuchar que los empresarios son especuladores, que el capital es sospechoso y que las ganancias son casi una actividad moralmente cuestionable. En Suecia encontré exactamente lo contrario. Nadie parece sentir culpa por crear riqueza. La discusión no gira alrededor de si una empresa debe ganar dinero. La discusión gira alrededor de cómo crear más empresas capaces de generar más riqueza.

Y ahí aparece uno de los grandes secretos suecos.

Los suecos invierten.

Muchísimo.

Más que casi cualquier otro país del mundo.

Mientras en América Latina millones de personas siguen creyendo que invertir consiste en comprar dólares y esconderlos debajo del colchón, en Suecia una enorme parte de la población participa directa o indirectamente en los mercados financieros. La inversión forma parte de la cultura nacional. 

Imaginen por un momento una conversación típica en nuestros países.

—¿En qué invertís?

—Compré dólares.

Fin de la conversación.

En Suecia la respuesta puede incluir fondos, acciones, planes de ahorro, empresas tecnológicas o instrumentos vinculados al crecimiento económico.

La diferencia cultural es enorme.

Sin embargo, lo más interesante es que Suecia no llegó hasta aquí por casualidad.

Hace apenas tres décadas atravesó una crisis financiera brutal. A comienzos de los años noventa el país estaba en serios problemas. El sistema bancario sufría, el desempleo aumentaba y el modelo económico comenzaba a mostrar señales de agotamiento. Muchos de los empresarios más exitosos se marchaban y el capital buscaba refugio en otros países. 

Fue entonces cuando los suecos hicieron algo extraordinariamente raro en política.

Aprendieron.

No duplicaron los errores.

No insistieron en recetas que ya no funcionaban.

No organizaron conferencias para explicar por qué la realidad estaba equivocada.

Simplemente corrigieron.

Mantuvieron gran parte de su Estado de bienestar, pero dejaron de castigar la acumulación de capital. Eliminaron impuestos al patrimonio, eliminaron impuestos a las herencias y crearon incentivos para que empresarios e inversionistas reinvirtieran dentro del país. 

La lógica era simple.

Si expulsas a quienes generan riqueza, eventualmente te quedarás sin riqueza que repartir.

Parece obvio.

No siempre lo es.

Particularmente en una región donde cada elección presidencial suele convertirse en un concurso para descubrir quién promete más beneficios financiados con dinero que todavía no existe.

Los suecos entendieron algo fundamental: el capital es cobarde. Cuando se siente perseguido se marcha. Cuando encuentra estabilidad se multiplica.

Y el resultado está a la vista.

Hoy Suecia alberga algunas de las empresas tecnológicas más exitosas de Europa. Ha producido decenas de unicornios tecnológicos. Atrae inversión extranjera. Exporta innovación. Desarrolla inteligencia artificial. Financia investigación. Y sigue manteniendo uno de los sistemas sociales más generosos del planeta. 

Mientras recorría Malmö me preguntaba cuántas veces hemos planteado el debate económico de manera equivocada en América Latina.

Quizás la pregunta no sea cuánto debe cobrar impuestos un gobierno.

Quizás la pregunta correcta sea cómo crear una sociedad donde millones de personas quieran invertir, emprender, innovar y construir.

Quizás la verdadera discusión no sea cómo distribuir riqueza.

Quizás sea cómo producirla.

Porque al final del día, detrás de los rankings, las estadísticas y las teorías económicas, la principal enseñanza que me dejó Suecia es bastante sencilla.

Las sociedades exitosas no se construyen castigando el éxito.

Se construyen multiplicándolo.

Y mientras observaba el puente de Öresund desaparecer en el horizonte antes de regresar a América Latina, pensé que probablemente esa sea la lección más valiosa que podemos aprender de los suecos.

No que debamos copiar su modelo.

No que debamos convertirnos en Suecia.

Ni siquiera que debamos admirarla.

Simplemente entender algo que ellos comprendieron hace décadas y que nosotros seguimos discutiendo: primero hay que crear riqueza. Después podremos debatir cómo repartirla.

Los suecos ya resolvieron la primera parte.

Nosotros todavía seguimos discutiendo el menú antes de cocinar la cena. 

Compartir f 𝕏 W
Samuel Mémoli

Samuel Mémoli

Periodista, creador de contenidos editoriales y corresponsal de prensa.